No se sobresaltó.
Me sonrió con una calma casi profesional.
—Ah… —dijo, con una voz suave, musical—. Tú debes ser la corredora. Mi prometido comentó que vendrías a hacer la última revisión antes de cerrar el trato. Soy Mariana.
Sentí algo caer dentro de mí. No fue un corazón roto; fue como si alguien hubiera liquidado mi realidad en un solo movimiento. Mis manos temblaban dentro del abrigo, pero mi rostro permaneció sereno, clínico.
—Sí —respondí—. Soy yo.
Mariana se hizo a un lado con una amabilidad impecable.
—Perfecto. Eduardo todavía está en la ducha. Siéntete libre de revisar todo. Hemos intentado mantener la casa lo más “neutral” posible para los compradores.
Entré a mi sala.
Nada parecía preparado porque no lo estaba. Había unos zapatos de hombre junto al sofá que jamás había visto. En el lavabo del baño de visitas, un segundo cepillo de dientes. Pero lo que realmente me atravesó fue el centro del comedor: un arreglo de lirios blancos, frescos, flores que Eduardo nunca me había traído en tres años porque decía ser “alérgico al aroma”.
Al parecer, solo era alérgico cuando eran para mí.
—Es una casa muy bonita —dije, con un tono que no sentía—. ¿Cuánto tiempo llevan viviendo aquí?
—Oficialmente juntos desde hace unos meses —respondió Mariana, apoyándose en la barra de la cocina—. Eduardo dijo que su “socia de negocios” por fin se mudaría y que la casa ya estaba lista para que empezáramos nuestra vida.
Asentí despacio. Mi pulso golpeaba como un pájaro atrapado. Si la confrontaba ahora, entraría en pánico. Si esperaba a Eduardo, mentiría. Yo necesitaba datos, no escenas.
Me condujo hacia la recámara principal mientras hablaba de planes de remodelación. Sobre mi buró había una foto enmarcada: Eduardo y Mariana sonriendo en una playa de Tulum, bañados por el sol. En la esquina, la fecha digital: julio del año pasado.
El mismo julio en que Eduardo me dijo que estaría en un retiro corporativo “obligatorio” en Querétaro.
La puerta del baño se abrió. El vapor se derramó por el pasillo, mezclado con el olor del jabón de cedro de Eduardo. Salió con una toalla en la cintura, secándose el cabello.
—Amor, ¿ya está el café…?
Se quedó helado.
El color abandonó su rostro en un segundo. Vi cómo su mente empezaba a girar, desesperada, buscando una salida lógica, una mentira que lo salvara.
—Lucía… —dijo con una voz demasiado aguda—. Llegaste… temprano. ¿El vuelo?
Mariana frunció el ceño, confundida.
—¿Cariño? ¿Conoces a la corredora? ¿Por qué la llamas Lucía?
Cerré lentamente la carpeta de cuero que llevaba en la mano. No grité. No lloré. Sonreí. Una sonrisa fría que lo obligó a retroceder medio paso.
—Nos conocemos muy bien, Mariana —dije—. Eduardo y yo llevamos tres años haciendo una auditoría de carácter juntos. Yo soy la “socia” que te dijo que se mudaba.
Eduardo avanzó hacia mí con las manos extendidas.
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