¿A dónde vas?, preguntó.
—Aquí no hay cena —dije—. Solo exigencias.
—¡Bien! —gritó—. ¡Te quedarás solo!
Se suponía que eso dolería.
Pero no fue así.
No estaba poniendo a prueba mis habilidades culinarias, sino mis límites. Si hubiera lavado esos platos en una primera cita, habría marcado la pauta de todo lo que siguió.
Así que salí tranquilamente.
Porque a veces lo más poderoso que una mujer puede hacer… es irse.
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