No era alguien que simplemente entretenía. Era alguien que, silenciosamente, moldeó vidas. Una voz que nos guió en momentos difíciles. Una sonrisa que nos resulta familiar, incluso reconfortante. Una presencia que se ha entrelazado en nuestra vida diaria: en nuestra infancia, nuestras celebraciones, nuestra recuperación.
Algunos crecimos con ellos.
Otros apoyamos su trabajo incluso en las noches más oscuras.
Otros encontramos amor, alegría y felicidad en lo que co-creamos.
Nos acompañaron en nuestros viajes a las enfermerías. En graduaciones y en momentos desgarradores. Durante las risas en las tiendas y en tardes solitarias y plenas.
Y ahora… se han ido.
El tipo de legado que nunca se desvanece.
¿Qué convierte a alguien en una leyenda?
No son premios.
No son legados.
No se trata del tamaño de una viuda.
Se trata de la creación.
Esta leyenda tenía un don inmenso.
Tenían una forma de hablar, de actuar, o incluso de expresarse, que te hacía sentir comprendido. Era como si atravesaran la pantalla, el escenario o la página y dijeran: “Te entiendo”.
Y siempre se siente posible. Real. Humano.
En un mundo de necesidad y apariencias, necesitas algo que podrías haber esperado.
Por eso esta pérdida se siente tan personal.
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