Carmen sintió las patadas del bebé. Sonrió con ternura y rabia.
"Mi bebé reacciona al estrés", murmuró. "Aún no ha nacido y ya siente el peso de lo que está pasando aquí".
Sebastián no tenía aliados. Los agravios eran morales, administrativos y públicos.
La grabación de Ana no dejó lugar a negaciones. El decano habló con firmeza:
Si hizo esa promesa públicamente, deberá afrontar las consecuencias. No se puede humillar a la gente y esperar que pase desapercibido.
La situación cambió. Sebastián, hasta entonces intocable, se vio obligado a enfrentarse a su arrogancia.
Bajo la presión de las pruebas y las reacciones de los testigos, se vio obligado a admitir su culpabilidad: primero la humillación, luego la llamada telefónica al banco.
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