Herpa siempre fue uno de esos hombres que parecían invencibles.
Las revistas de negocios lo llamaron el "rey de las inversiones", recibió ovaciones de pie en conferencias y fue fotografiado sonriendo frente a autos de lujo y mansiones con jardines inmaculados.
Desde fuera, su vida era un escaparate de éxito: trajes a medida, relojes caros, viajes en primera clase.
Pero nadie vio lo que ocurrió cuando cerró la puerta del dormitorio, cuando el silencio lo obligó a mirar la única ausencia que no podía comprar.
Esta ausencia tenía un nombre: Lorenzo.
Su único hijo, su pequeño compañero de juegos, desapareció hace un año.
No hubo ninguna advertencia, ninguna llamada, ninguna explicación. Una tarde, estaba jugando en el jardín, en el columpio rojo, y entonces... nada. Fue como si el mundo se lo hubiera tragado.
Al principio, Herpa movió cielo y tierra: contrató detectives, pagó recompensas, apareció en televisión y pidió ayuda a la policía.
Con el tiempo, las luces se apagaron, las cámaras se alejaron, las voces se cansaron de repetir las mismas viejas palabras: “Lo descubrimos, pero no hay nuevas pistas”.
Él mismo continuó la búsqueda.
Esa mañana, como todas las demás, se puso el mismo traje arrugado que antes olía a perfume caro y ahora sólo olía a noches de insomnio.
La parte trasera del coche estaba cubierta de carteles: una foto de Lorenzo sonriendo, con los ojos abiertos y animados, y debajo, un cartel casi roto: "SE BUSCA. CUALQUIER INFORMACIÓN, LLAMAR..."
Arrancó el motor con manos temblorosas y se alejó de los elegantes barrios que conocía de memoria.
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