Una hora después sonó el teléfono. Lubka.
—Marinka —la voz de la hermana Andrew tembló—. Lo siento, no lo sabía... Mamá dijo que estabas de acuerdo.
—No estoy de acuerdo —respondió Marina—. Y nunca lo estaré.
—Lo entiendo —suspiró Lubka—. Encontraré otra manera. Lo siento.
Marina colgó el teléfono. Un solo pensamiento cruzó por su mente: todo había terminado. Suponiendo que el dolor venía acompañado de una sensación extraña y desconocida, volvió a tener el control de su vida.
Valió la pena.