Ricardo sintió que el corazón se le partía en dos.
¿Documento?
Elena suspir, como quien habla de compras.
—Ya lo comprobé. No leyó nada. Como siempre. Esa es su debilidad: confía en su nombre, en su poder… y en mí. En cuanto todo esté a mi nombre, en cuanto “accidentalmente” no pueda contarlo… seré viuda. Y tú y yo… por fin dejaremos de escondernos.
El hombre soltó una risa.
—Perfecto.
Ricardo tuvo que morderse la lengua para no gritar. La presión en el pecho era insoportable.
Marta se acercó a sus labios a su oído y susurró, tan despacio que apenas era aire:
—No es solo traición, Don Ricardo… es muerte. Yo escuché… yo vi… y por eso me quieren fuera. Por eso hoy me dijeron que ya no vuelva mañana.
Ricardo la miró en la oscuridad. Marta, que nunca pedía nada, que nunca levantaba la voz, ahora temblaba como si estuviera frente a un incendio.
—¿Quién es? —articuló Ricardo sin sonido.
Marta no respondió con palabras. Solo levantó dos dedos y los junto, como si cerrara una puerta.
Ricardo entendió.
No era un extraño.
Era alguien de su círculo.
Alguien con acceso.
Alguien que conocía la casa.
Y entonces lo vio.
A través de la rendija, la silueta masculina se inclinó hacia la luz del candelabro, y el rostro quedó medio revelado.
Ricardo sintió que el mundo se le caía encima.
—…Alfonso —murmuró, sin aire.
Alfonso Santoro.
Su primo. Su mano derecha en la empresa. El hombre que le había jurado lealtad cuando su padre murió.
Marta presionó más fuerte su mano sobre la boca de Ricardo, como si temiera que su rabia lo traicionara.
Elena caminó por la sala con una copa en la mano, la seda de su bata brillando. No era la Elena que él imaginaba en videollamadas: dulce, paciente, “esperándolo”. Era otra. Una Elena que hablaba de su muerte como si hablara del clima.
—Mañana —dijo ella— es perfecto. Él llegará cansado, yo haré mi papel. Llanto, amor, disculpas. Le serviré su té… el que tanto le gusta. Y cuando se duerma...
Alfonso se levantó y se acercó a ella.
—Y si el médico pregunta?
Elena ladeó la cabeza.
—Insomnio. Estrés. Presión alta. Un hombre como Ricardo… nadie se sorprende si se desploma. Y si hace falta… ya tenemos a quien firme el certificado sin hacer demasiadas preguntas.
Ricardo sintió náuseas.
“Ya tenemos a quien firme”.
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