Sus ojos oscuros brillaban, no con lágrimas de miedo, sino con una intensidad que Roberto no podía descifrar. “¿Le dijeron que escuchaban ruidos, señor?”, preguntó ella. ¿Le dijeron qué tipo de ruidos? ¿O solo le dijeron lo que su miedo quería escuchar? Vi a mi hijo pisándole el estómago rugió Roberto señalando el suelo. Un niño con parálisis.
Si hubiera resbalado, se habría desnucado contra el piso. Usted es una irresponsable, una salvaje que no entiende la fragilidad de un hueso humano. La fragilidad no está en los huesos de Pedrito, señor Roberto, respondió Elena dando un paso adelante, desafiando la barrera invisible entre el empleado y el patrón. La fragilidad está en su fe.
Usted ve una silla de ruedas y ve un destino. Yo veo una silla de ruedas y veo un obstáculo temporal. Cállese. Roberto sintió que esa frase lo golpeaba más fuerte que un insulto. No se atreva a darme lecciones de moral. Usted está aquí para limpiar y para vigilar que el niño no se haga daño, no para jugar a ser doctora milagrosa.
Él es liciado, entiéndalo de una vez. Liciado. La palabra resonó de nuevo. Pedrito en su silla, se cubrió los oídos con sus manitas como si entendiera el peso terrible de esa etiqueta. Elena miró al niño y luego a Roberto y su expresión cambió. La sonrisa había desaparecido por completo, reemplazada por una seriedad absoluta, casi solemne.
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