Roberto aseguró el cinturón de seguridad de la silla de ruedas con manos temblorosas. El click del broche sonó como el cierre de una celda. Pedrito, vencido y agotado, dejó caer la cabeza y soyó en silencio, mirando a Elena con ojos grandes y húmedos. “Usted no entiende nada”, continuó Roberto girándose hacia ella, liberando por fin la bilis que había acumulado durante días.
“¿Usted cree que le paga un salario tiene derecho a experimentar con él?” Pero yo sabía, en el fondo, yo sabía que usted era un error. La mente de Roberto retrocedió 72 horas al momento exacto en que la semilla del odio había germinado en su corazón. Fue en el jardín, justo en la línea que separaba su propiedad de la casa vecina.
Doña Gertrudis, una mujer de la alta sociedad con demasiado tiempo libre y muy poca empatía, lo había interceptado cuando él llegaba del trabajo. “Roberto querido”, había dicho ella con esa falsa dulzura que oculta las dagas más afiladas. No quería ser yo quien te lo dijera, pero esa muchachita nueva, la tal Elena, hay algo que no encaja.
Roberto, que vivía en un estado de paranoia constante por la salud de su hijo, se había detenido en seco. ¿A qué se refiere Gertrudis? Es el ruido, Roberto. Cuando tú te vas a la oficina, esa casa parece una feria. Escucho golpes, muebles que se arrastran y gritos, gritos del niño. Gertrudis había bajado la voz como si estuviera revelando un secreto deestado.
Y luego, música, música vulgar, escandalosa. No es el ambiente para un niño enfermo, ¿verdad? Un niño como Pedrito necesita paz, silencio, descanso. No, ese alboroto. A veces pienso que ella lo hace llorar a propósito para luego, bueno, tú sabes cómo es esta gente, no tienen nuestra educación. Aquellas palabras se habían clavado en el cerebro de Roberto como astillas infectadas, gritos, golpes.
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