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MILLONARIO FINGIÓ IRSE DE VIAJE — PERO DESCUBRIÓ LO QUE SU SIRVIENTA HACÍA CON SU HIJO LISIADO

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Créame, yo era el hombre más pobre del mundo cuando solo tenía dinero. Ahora, ahora soy millonario. El hombre miró a Roberto, luego a Elena y finalmente a su hijo. Por primera vez soltó la mano rígida con la que sostenía al niño y le desabrochó el botón superior de su camisa. “Gracias”, dijo el hombre.

Roberto y Elena vieron como el hombre se alejaba caminando un poco más despacio, adaptando su paso al de su hijo, empezando su propio viaje. Caminaron hacia el estacionamiento mientras el sol se ponía tiñiendo el cielo de naranja y violeta. Pedro iba delante pateando una piedra, cojeando un poco, pero avanzando siempre. “¿Sabes qué estaba pensando?”, preguntó Roberto rompiendo el silencio cómodo.

¿Qué, mi amor?, respondió Elena. Que la vecina Gertrudis tenía razón en algo. Elena arqueó una ceja divertida. ¿En qué? Esa vieja bruja nunca tuvo razón en nada. Dijo que esa casa era una feria. Ríó Roberto. Y tenía razón. Nuestra casa es una feria. Hay ruido, hay gritos, hay desorden y es perfecta. Elena se rió y recostó la cabeza en el hombro de él.

El silencio está sobrevalorado, Roberto. Llegaron al auto. Roberto abrió la puerta trasera para Pedro, pero el niño ya se había subido solo y estaba buscando música en la radio. Roberto miró a Elena antes de subir al asiento del conductor. La miró con la intensidad de quien mira un tesoro descubierto en el lugar menos esperado.

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