Roberto estaba sudando, se había quitado la camisa y con una fuerza que nacía de la pura determinación arrastraba la mesa de centro de cristal importado, esa pieza de diseño que costaba más que un auto pequeño hacia el garaje. No le importó que el cristal se rayara contra el marco de la puerta, no le importó que las patas de metal chirriaran.
Esa mesa representaba el peligro, la frialdad y la prioridad de la estética sobre la vida. Al empujarla finalmente al rincón oscuro del garaje, junto a los autos de lujo que rara vez usaba, Roberto se detuvo frente a otro objeto que ya estaba allí desterrado, la silla de ruedas plateada. La miró con una mezcla de odio y respeto.
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