Se levantó y corrió hacia Pedrito. “Voy por ti, monstruo!”, Gritó Roberto. Pedrito se giró, gritó de alegría y por primera vez intentó correr hacia su padre. No alejándose él dio tres pasos rápidos y se lanzó al césped, rodando y riendo. Roberto se tiró junto a él, ensuciándose la camisa, llenándose de pasto, abrazando a su hijo bajo el cielo infinito.
Desde la manta, Elena los miraba con lágrimas de felicidad rodando por sus mejillas. Sabía que su trabajo estaba hecho. Había curado las piernas del niño, pero más importante aún, había curado el corazón del padre y en el proceso había encontrado su propio hogar. La sirvienta había desaparecido, la matriarca de una nueva familia habíanacido y el millonario, revolcándose en el pasto, por fin había descubierto que su mayor fortuna no estaba en la caja fuerte, sino riendo entre sus brazos.
La resolución final y el epílogo de un verdadero padre. La noche cayó sobre la mansión, pero por primera vez en años la oscuridad no trajo consigo el silencio sepulcral que solía reinar en los pasillos. La casa estaba viva. Se escuchaban los sonidos residuales de un día agitado, el agua corriendo en la bañera, el tarareo suave de Elena en la habitación del niño y el sonido de Roberto moviendo muebles en la sala principal.
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