Solo quiero que seas libre, dijo él. Mi libertad está ahí, dijo Elena, señalando al niño. Mi libertad es verlo correr. Si me voy, ¿quién le cantará cuando tenga pesadillas? ¿Quién le enseñará a bailar cuando usted esté viejo y cansado? Usted es un gran padre ahora, Roberto, pero él necesita la voz se lebró. Él nos necesita a los dos. Elena se giró hacia él y por primera vez hubo una chispa de algo más que lealtad en sus ojos.
Había una conexión de almas. Yo no me quedé por el sueldo, Roberto. El día que usted se fue a ese supuesto viaje, yo tenía mi maleta lista. iba a renunciar esa misma semana. No soportaba ver cómo lo ignoraba. Me dolía demasiado. Roberto sintió un golpe en el estómago. ¿Te ibas a ir? Sí, pero cuando lo vi esa mañana, cuando vi que podía ponerse de pie, supe que no podía dejarlo.
Me quedé por él y ahora, ahora me quedo porque esta es mi familia, aunque no lleve mi apellido. Roberto sintió que una represa se rompía dentro de él. La distancia social, la diferencia de clases, los prejuicios, todo se desmoronó definitivamente. Extendió la mano y tomó la de Elena. Sus manos eran diferentes, la de él suave, la de ella áspera por el trabajo, pero encajaban perfectamente.
“Entonces, no te vayas”, dijo Roberto con voz ronca. “No como empleada, no como niñera, quédate como compañera, quédate para enseñarme a mí también, porque creo que yo todavía estoy aprendiendo a caminar.” Elena apretó su mano. No hubo beso de película. No hubo música de violines, hubo algo más real, un pacto de lealtad absoluta sellado bajo la luz del atardecer.
Me quedo susurró ella, pero con una condición. ¿Cuál?, preguntó Roberto dispuesto a darle el mundo. Que usted se quite esos zapatos caros ahora mismo y vaya a correr con su hijo en el pasto. Roberto se echó a reír, una risa libre y joven. Trato hecho. Roberto se quitó los mocasines de diseño, se quitó los calcetines y sintió la hierba fresca bajo sus pies desnudos.
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