Roberto había insistido en venir aquí. Quería que Pedrito viera el mundo real. No a través de una ventana o una reja de oro. Estaban sentados en una manta de picnic. Roberto observaba a Pedrito, que estaba a unos metros de distancia, gateando y tratando de ponerse de pie, apoyándose en un tronco de árbol. Fascinado por la textura rugosa de la corteza, Elena estaba sentada junto a Roberto abrazando sus rodillas.
El silencio entre ellos era cómodo, profundo, cargado de todo lo que habían vivido en los últimos meses. Pero había una tensión subyacente, algo que Roberto necesitaba resolver para que la redención fuera completa. Él miró a Elena de reojo. El sol iluminaba su perfil, resaltando una belleza serena que él había ignorado estúpidamente durante semanas al principio.
Pero más allá de la belleza, vio a la mujer que había salvado su vida, porque al salvar a Pedrito, ella lo había salvado a él de convertirse en un monstruo de amargura y soledad. Elena, dijo Roberto rompiendo el silencio. Dígame, señor. Roberto hizo una mueca de dolor al escuchar la palabra señor, “por favor, no me llames así”, pidió él girando el cuerpo para mirarla de frente. “Ya no.
Después de lo que pasó hoy en el consultorio, después de todo esto, no puedo ser tu patrón. Me siento un hipócrita cada vez que te pago un sueldo por amar a mi hijo. El amor no se paga, Elena, y lo que tú le has dado no tiene precio. Elena sonrió tímidamente bajando la mirada hacia el césped.
Es mi trabajo, Roberto, y además es fácil quererlo. No, no es solo tu trabajo, insistió él tomando una decisión que había estado madurando en su corazón. Hoy me di cuenta de algo cuando el doctor preguntó por los especialistas. Me di cuenta de que tú eres la única madre que él conoce.Elena levantó la vista bruscamente, sorprendida por la intensidad de la declaración.
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