Solo mire”, interrumpió Roberto levantándose. “Solo le pido 2 minutos. Si después de 2 minutos usted sigue pensando que mi hijo necesita esa silla, la compraré. Compraré 10.” Pero mírelo. Roberto bajó a Pedrito al suelo. El suelo del consultorio era del linóleo brillante, resbaladizo, hostil. Nada que ver con la madera cálida o las alfombras de goma de la casa.
Pedrito miró a su alrededor, asustado por las luces blancas y el hombre de bata que lo miraba con ojos fríos. El niño se aferró a la pierna de su padre escondiendo la cara. El corazón de Roberto dio un vuelco. El miedo, el maldito miedo escénico. Si Pedrito no caminaba ahora, Valladares tendría razón. La victoria moral se esfumaría.
Lo ve, dijo Valladares cruzándose de brazos con suficiencia. El niño busca apoyo porque no tiene equilibrio. Sus músculos no responden. Es un reflejo de supervivencia. Por favor, siéntelo antes de que se lastime. Roberto sintió el sudor frío en la espalda. miró a Elena buscando auxilio. Ella no miraba al doctor, miraba al niño.
Se agachó ignorando al médico, ignorando el protocolo y se puso a la altura de Pedrito. “Oye, campeón”, susurró Elena ignorando la mirada de desaprobación del doctor. “¿Te acuerdas del juego del explorador?” Pedrito la miró con los ojos húmedos. “Este lugar es una cueva de hielo”, dijo Elena. señalando al doctor con un guiño cómplice.
“Y nosotros tenemos que cruzar la cueva para llegar al tesoro.” Elena se levantó y caminó hacia el otro extremo del consultorio, pasando junto al escritorio del médico. Se detuvo a 3 m de distancia, se arrodilló y abrió los brazos. “El tesoro está aquí, Pedrito. Ven con la tía Elena. Ven a casa.” El consultorio quedó en un silencio sepulcral.
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