Si tengo que dejar la empresa, la dejo. Si tengo que convertirme en terapeuta a tiempo completo, lo haré. Pero no voy a perderme ni un solo paso más de Pedrito, ni uno solo. Roberto se inclinó y besó la frente sudorosa de su hijo. Luego miró a Elena con una vulnerabilidad que desarmaba. Dime la verdad, Elena, una verdad más.
Durante estos meses, cuando yo llegaba tarde, cuando me iba de viaje, él preguntaba por mí. Elena dudó. La mentira piadosa estaba en la punta de su lengua. podría decirle que sí, que el niño lloraba por él para hacerlo sentir mejor, pero Elena sabía que la redención real se construye sobre la verdad cruda. No, señor, dijo ella suavemente.
Al principio sí, los primeros meses miraba la puerta, pero después dejó de mirar. Se acostumbró a su ausencia. Aprendió a no esperar a quien no llega. La frase cayó como una losa de cemento sobre Roberto. Aprendió a no esperar. Fue el golpe final a su ego, más doloroso que cualquier insulto. Su hijo lo había borrado de sus expectativas para protegerse del dolor del abandono.
Roberto cerró los ojos asimilando el golpe. Le dolió, pero aceptó el dolor como una penitencia necesaria. Gracias por la honestidad”, susurró con la voz ronca. Eso cambia hoy. A partir de hoy, él va a aprender a esperarme porque siempre voy a estar ahí. Te lo juro, Elena, voy a hacer que vuelva a mirar la puerta. Se levantó con cuidado, acomodando al niño en su hombro. Vamos a su cuarto, dijo Roberto.
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