se quedó dormido en los brazos de Roberto con la cabeza apoyada en su hombro, respirando con ese ritmo profundo y pacífico de los niños felices. Roberto caminó hacia la sala, llevando a su hijo con una reverencia casi religiosa. Elena lo seguía a unos pasos de distancia respetuosa, llevando el biberón de agua y una toalla pequeña.
La sala de la mansión era impresionante y fría. Muebles de diseño italiano, alfombras persas que parecían museos prohibidos para pisar, esculturas abstractas de metal. Todo gritaba dinero y no tocar. Roberto miró su entorno con ojos nuevos. De repente todo le pareció hostil. “Esta casa”, murmuró Roberto mirando los muebles con esquinas afiladas y las superficies de vidrio.
Esta casa es una trampa mortal para él. Es una casa para adultos que no se ensucian comentó Elena en voz baja. No es una casa para un niño que está aprendiendo a caminar y a caerse. Roberto asintió, caminó hacia el sofá de cuero blanco inmaculado y se sentó con cuidado para no despertar a Pedrito. Se quedó mirando la cara de su hijo dormido, las pestañas largas, la boca entreabierta.
sintió una oleada de amor tan feroz que le dolió físicamente. Entonces su celular vibró en el bolsillo de su pantalón. El zumbido rompió la atmósfera mágica. Roberto, con dificultad y usando una sola mano, sacó el aparato. La pantalla iluminada mostraba un nombre, junta directiva urgente. Eran las 11:30 a. debía estar en una videollamada para cerrar la fusión de dos empresas.
Millones de dólares dependían de esa llamada. Su secretaria le había enviado tres mensajes preguntando dónde estaba. Roberto miró el teléfono, luego miró a su hijo, luego miró a Elena, que estaba de pie junto a la puerta, esperando instrucciones, quizás esperando que el hechizo se rompiera y el señor Roberto regresara para echarla.
Pero el señor Roberto había muerto en el suelo de la cocina. Con un movimiento decisivo, Roberto deslizó el dedo por la pantallay rechazó la llamada. Luego hizo algo impensable. apagó el teléfono, lo dejó sobre la mesa de centro de cristal con un golpe seco. Elena dijo sin levantar la vista de su hijo. Sí, señor.
Mañana vendrán unos obreros. Voy a mandar a quitar esa alfombra. Voy a mandar a poner piso de goma en la sala de juegos. Y esos muebles, señaló las mesas de vidrio con desdén. Esos muebles se van. Quiero espacio. Quiero que él pueda caerse sin romperse la cabeza. Elena abrió los ojos con sorpresa. Señor, esos muebles son importados.
La decoradora dijo que al con la decoradora exclamó Roberto en un susurro intenso. La decoradora no tiene que aprender a caminar. Mi hijo sí. De ahora en adelante, esta casa se adapta a él, no él a la casa. Roberto levantó la vista hacia Elena. Su expresión era seria, transformada. Ya no había rastro del hombre arrogante que había entrado gritando horas antes.
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