No me debe nada, señor, solo le pido una cosa, lo que sea. Dijo Roberto rápidamente, ansioso por redimirse. ¿Quieres un aumento? ¿El doble, el triple? ¿Quieres que te pague los estudios? una casa. Pídeme lo que quieras. Elena negó con la cabeza, sonriendo con esa sabiduría humilde que desarmaba cualquier intento detransacción comercial.
No quiero su dinero, señor Roberto. El dinero compra camas, pero no sueño. Compra medicinas, pero no salud. Solo le pido que no se levante todavía. Quédese ahí abajo un rato más. Juegue con él hasta que se canse. Conozca a su hijo. Esa será mi paga. Roberto asintió tragando saliva. Volvió su atención a Pedrito, quien ahora estaba intentando ponerle el gorro de chef a su papá.
Roberto bajó la cabeza sumiso, aceptando el gorro ridículo sobre su cabello perfectamente peinado. “Está bien, capitán”, dijo Roberto sonriendo entre lágrimas. “Tú mandas. Vamos a jugar. Y en ese suelo de cocina, bajo la mirada atenta de una sirvienta que había obrado un milagro con latas y amor, un millonario aprendió por primera vez en su vida lo que significaba ser verdaderamente rico, la invitación y el nuevo lenguaje del amor.
Roberto permanecía en el suelo respirando con dificultad, no por el esfuerzo físico, sino por la sobrecarga emocional que sacudía su cuerpo. tenía el gorro de chef ladeado sobre su cabeza, un detalle ridículo que paradójicamente le confería una dignidad nueva, la de un padre dispuesto a ser payaso por la sonrisa de su hijo.
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