Luego llevó sus manos al cuello. Sus dedos temblaban tanto que le costó encontrar el nudo de la corbata. Esa corbata roja que usaba como símbolo de autoridad ahora se sentía como una soga. tiró de ella con desesperación, aflojándola, y la arrancó de su cuello, lanzándola lejos sobre la encimera. Se desabotonó el cuello de la camisa, sintiendo que por primera vez en años podía respirar aire real, no aire acondicionado. Se quitó el saco gris.
La tela costosa se arrugó cuando la dejó caer al suelo sin cuidado. Quedó en mangas de camisa expuesto, vulnerable. Elena lo observaba en silencio, sin juzgar, pero sin ayudar. Sabía que este era un viaje que él tenía que hacer solo. No podía facilitarle las cosas. Él tenía que romper su propio orgullo. Roberto miró el suelo.
Parecía estar a kilómetros de distancia. Dobló una rodilla. La tela del pantalón se tensó. El crujido de su propia articulación sonó fuerte en el silencio de la cocina. Dobló la otra rodilla y ahí estaba de rodillas en su propia cocina ante su empleada y su hijo. La perspectiva cambió instantáneamente. El techo parecía más alto, la mesa se veía enorme y Pedrito, Pedrito ya no se veía pequeño y frágil.
Desde esa altura, Pedrito se veía grande. Sus ojos estaban al mismo nivel que los de Roberto. “Hola”, susurró Roberto con la voz estrangulada, sintiéndose ridículo y aterrorizado a la vez. Pedrito lo miró ladeando la cabeza. El niño no estaba acostumbrado a ver a ese gigante gris a su altura. Retrocedió un paso desconfiado, ocultándose un poco detrás de Elena.
El rechazo fue un puñal en el pecho de Roberto. Me tiene miedo dijo Roberto con dolor. Mi propio hijo me tiene miedo. No le tiene miedo a usted, corrigió Elena suavemente, bajando también al suelo, sentándose en posición de loto con una naturalidad envidiable. le tiene miedo a lo desconocido. Usted es un extraño en su mundo, señor.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.