Roberto miró a su hijo. Pedrito había logrado ponerse de pie otra vez, agarrándose de los pantalones de Elena. El niño miraba a su padre con curiosidad, pero también con una extraña distancia. No corría hacia él, no buscaba sus brazos, buscaba a Elena. Esa realidad golpeó a Roberto más fuerte que cualquier bofetada.
Su hijo no lo conocía. Su hijo conocía al proveedor, al hombre del traje gris, que le daba besos fríos en la frente por las noches, pero no conocía al padre. No sé qué hacer”, confesó Roberto sintiendo las lágrimas agolparse de nuevo. “No sé cómo ser lo que él necesita. Tengo miedo, Elena. Tengo un miedo terrible de tocarlo y romperlo.
Entonces, deje de ser el señor Roberto, el empresario millonario.” dijo Elena señalando el suelo. “Y empiece a ser simplemente papá. El suelo no muerde, señor, pero le advierto, ahí abajo, en el nivel de Pedrito, su dinero no vale nada. Ahí abajo solo vale el corazón, la jornada de transformación y la ruptura del ego.
La invitación de Elena quedó flotando en el aire, desafiante y absoluta. El suelo no muerde. Para Roberto, ese suelo de baldosas inmaculadas representaba un abismo. Él siempre había mirado el mundo desde arriba, desde su 180 de estatura, desde su posición de poder, desde su superioridad moral y económica. Bajar al suelo significaba rendirse, significaba ensuciarse el traje de seda italiana, significaba ponerse al nivel de los sirvientes y los niños.
Pero al mirar a Pedrito, que se aferraba a la pierna de Elena como un náufrago a una tabla de salvación, Roberto entendió que no tenía elección. Si quería recuperar a su hijo, tenía que descender. Con movimientos lentos, casi dolorosos, Roberto comenzó a desmantelar su armadura. Primero soltó el maletín de cuero que cayó de lado, olvidado con sus documentos importantes y sus contratos millonarios esparciéndose un poco por la abertura. Ya no importaban.
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