Día 4, responde a la música moviendo la cadera. Día 12, sostiene su peso por 3 segundos. Llegó a la última página, la de hoy. La tinta aún estaba fresca. Había una sola frase escrita en mayúsculas, subrayada tres veces. Roberto leyó la frase y sintió que el suelo, esta vez de verdad, desaparecía bajo sus pies. No era una nota médica, era una revelación que contradecía todo lo que él creía saber sobre su propia sangre.
Levantó la vista pálido, mirando a Elena. Esto, esto es verdad.tartamudeó con la voz convertida en un hilo. Elena asintió con una sonrisa triste. Lo que usted interrumpió, señor, no fue un juego imprudente, fue la prueba final, la revelación y el milagro silencioso. La frase escrita en el cuaderno parecía brillar con luz propia, burlándose de la lógica científica que Roberto había abrazado como un escudo durante todo ese año.
Sus ojos recorrían las letras una y otra vez, buscando el error, buscando la trampa, negándose a creer lo que su cerebro decodificaba. Hoy 9:15 a Pedrito ya no necesita que lo sostengan. Él se sostiene a sí mismo. El miedo se ha ido. Roberto cerró el cuaderno de golpe como si las hojas quemaran. El sonido seco resonó en la cocina, haciendo que el bebé diera un pequeño salto en su silla de ruedas.
“Esto es una mentira”, susurró Roberto levantando la vista. Su rostro estaba pálido, desencajado. Una mentira cruel y patética. Usted escribió esto hace 5 minutos porque sabía que yo vendría. ¿Cree que soy imbécil? Los nervios de sus piernas no responden. No hay conexión. Es fisiológicamente imposible que él se sostenga.
Solo tiró el cuaderno sobre la mesa de granito con desprecio. El cuaderno se deslizó hasta detenerse cerca de la mano de Elena. Ella no lo recogió. Mantuvo sus ojos fijos en los de él. con esa calma irritante, esa serenidad de quien sabe que tiene la verdad de su lado. “La ciencia dice muchas cosas, señor Roberto”, dijo Elena suavemente.
“Pero la ciencia no mide el corazón de un niño que quiere alcanzar a la persona que ama.” Usted lee informes. Yo leo a su hijo. “Basta de poesía barata”, explotó Roberto señalando la silla de ruedas. Mírelo. Está ahí sentado, sin fuerza, con las piernas colgando como trapos. Esa es la realidad. Lo que usted escribió ahí es una fantasía peligrosa para justificar que estaba jugando con él en el piso sucio. Elena respiró hondo.
Sabía que las palabras no convencerían a un hombre blindado por el dolor y el escepticismo. Roberto necesitaba ver. Pero ver implicaba un riesgo y el riesgo era lo único que Roberto no toleraba. ¿Quiere la verdad, señor?, preguntó ella dando un paso hacia la silla de ruedas. No se acerque a él, advirtió Roberto interponiéndose.
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