La miré. No con rencor.
—Sí —respondí—. Pero no para repetir el pasado. Para decidir si todavía hay algo que salvar entre nosotras.
Valeria asintió, como si esa posibilidad fuera lo único sólido bajo sus pies.
Yo subí al coche. Encendí el motor. Antes de arrancar, miré una última vez el salón iluminado.
Tres años atrás, me habían vendido como si mi amor fuera una moneda.
Esa noche, yo me fui con algo que nadie podía comprar:
Mi nombre intacto.
Mi dignidad.
Y una vida que, por fin, me pertenecía.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.