Esa tarde no volví a la oficina. Fui al banco y abrí una cuenta que nadie conocía. Luego conduje hasta un pequeño despacho de abogados que no estaba en las zonas elegantes de Monterrey, uno que no tenía el apellido de mi padre en la fachada. Una mujer mayor, de cabello cano y ojos firmes, me recibió sin sonrisas de compromiso.
—¿En qué puedo ayudarte?
Y yo, con la voz temblándome solo un poco, dije:
—Quiero aprender a protegerme.
No le conté todo al principio. Solo lo suficiente para que entendiera que no era un drama: era un plan. Un plan que me habían trazado por encima como a una línea en una hoja.
La abogada se llamaba Elena Robles. Tenía las manos manchadas de tinta y un cansancio que no era derrota, sino experiencia.
—Camila —me dijo tras escucharme—, si tu padre cree que puede comprar tu vida, es porque durante años nadie le ha dicho que no. Podemos empezar por ahí.
Aquella noche, cuando Diego me llamó, yo ya había tomado una decisión. Contesté en el tercer tono, con una serenidad que no me reconocí.
—Cami, amor… —su voz estaba hecha de algodón—. ¿Nos vemos mañana? Quería hablar…
—No hace falta —dije—. Ya sé.
Silencio.
—¿Sabes qué?
—Sé lo del despacho. Sé lo de los setenta y cinco mil. Sé lo de Valeria.
Escuché cómo tragaba saliva, y por primera vez, su voz perdió el control.
—Yo… Cami, no es como…
—No me expliques —lo corté—. Solo dime una cosa: ¿te duele?
—¿Qué?
—Dejarme. ¿Te duele aunque sea un poco?
Hubo un segundo en que creí que iba a responder con algo humano. Pero lo que dijo fue:
—Tu padre… es un hombre poderoso. Yo solo… pensé que así te sería más fácil.
Me reí, pero fue una risa sin alegría.
—Perfecto. Entonces hazlo “fácil”. Deja de llamarme. Y devuélveme el anillo. Mañana lo recogerá un mensajero.
Colgué antes de que pudiera suplicar o justificar. No quería escuchar nada que me ablandara otra vez.
Dos días después, mi madre me buscó en mi pequeño apartamento alquilado —un lugar modesto en comparación con la casa familiar, pero mío—. Tenía los ojos rojos y las manos apretadas en el bolso.
—Camila… ¿qué está pasando? Tu padre dice que te pusiste “dramática”, que estás castigándonos…
—Mamá —le dije con una suavidad que me sorprendió—, dime la verdad: ¿tú lo sabías?
Ella apartó la mirada. Ese gesto me respondió antes que sus palabras.
—No el dinero… pero sí sabía que él quería… arreglarlo. Que Diego… que Valeria… —se le quebró la voz—. Yo pensé que era una locura, pero él dijo que era lo mejor para la familia.
Para la familia. Como si yo no fuera familia.
Esa noche no dormí. Me senté en el suelo de la cocina con una taza de café frío y entendí una cosa que dolía tanto como una herida abierta: mi casa no era un lugar; era un sistema. Y yo había sido la pieza que sobraba.
Me fui sin hacer escándalo.
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