—Gracias por quedarte —le dije—. Gracias por ser mi mamá.
Su sonrisa tembló entre las lágrimas.
“Eres mía desde el día que me regalaste ese dibujo”.
Se oyeron pasos bajando las escaleras. Mi hermano echó un vistazo a la cocina.
“¿Estás bien?” preguntó.
Apreté la mano de Meredith.
—Sí —dije en voz baja—. Estamos bien.
Mi historia siempre conllevaría una pérdida, pero ahora sabía exactamente dónde pertenecía: con la mujer que me eligió, me amó y estuvo a mi lado todo el tiempo.
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