Carol intentó recuperar la compostura.
Stephanie, ya que estamos aquí, me gustaría hablar contigo. Ethan está muy triste. Lleva días sin comer. No puede trabajar. Ashley también tiene mucho dolor.
Sus palabras sonaban como si hubiera estado practicando este discurso.
—Qué lástima —respondí, examinando los pendientes de zafiro—. Pero estoy segura de que tú, como su verdadera madre, podrás consolarlo.
La vendedora seguía nuestra conversación con fascinación. Probablemente nunca había presenciado semejante drama familiar en su exclusiva boutique.
Ashley se acercó a mí desesperadamente.
—Por favor, Stephanie. Ethan me lo contó todo. Me dijo que lo adoptaste cuando era pequeño, que lo sacrificaste todo por él. No sabía toda la historia.
Sus lágrimas parecían sinceras, pero llegaron demasiado tarde.
—Ashley —dije con dulzura—, hace tres semanas, en tu boda, cuando me humillaste públicamente, ¿dónde quedaron esas lágrimas de arrepentimiento? Cuando Ethan me pidió más dinero al día siguiente, ¿dónde quedó esa comprensión de mi sacrificio?
Incapaz de responder, Carol intervino rápidamente.
Stephanie, entendemos que cometimos errores. Por eso estamos aquí. Queremos hacer las paces. Queremos comprarte algo bonito como muestra de nuestra disculpa.
Hizo un gesto hacia las vitrinas.
“Elige lo que quieras, nosotros pagamos”.
La ironía era exquisita. Se ofrecieron a comprarme un regalo con mi propio dinero, indirectamente, ya que todo lo que tenían provenía de Ethan, y Ethan llevaba años viviendo de mi dinero.
—Qué generoso —murmuré—. Pero ya elegí lo que quiero.
Señalé el collar que llevaba.
—Sesenta y cinco mil dólares —susurró Carol, palideciendo—. Eso es... mucho dinero.
Su reacción reveló la verdad sobre su supuesta riqueza: si realmente fueran tan ricos como pretendían, 65.000 dólares no sería una suma tan grande.
—Eso no es mucho para mí —respondí—. De hecho, creo que me llevaré esos pendientes y esa pulsera también.
El total ascendía a 120.000 dólares. Ashley se sentó en una silla, abrumada. Carol intentó mantener la dignidad, pero la conmoción era evidente.
La vendedora manejó mi compra de manera profesional y eficiente.
“¿Todo estará en una sola tarjeta, señora?”
"Sí, por favor."
El sonido de la máquina procesando la transacción llenó el tenso silencio. Carol y Ashley me miraron como si fuera un extraterrestre.
—Stephanie —dijo Carol finalmente—, está claro que tienes recursos que desconocíamos. Esto cambia las cosas. Podríamos asociarnos en algunos negocios y crear una verdadera alianza familiar.
El cambio de táctica fue tan obvio que resultó patético.
—Carol —respondí, guardando mis nuevas joyas—, cuando creías que era pobre, me tratabas como si fuera basura. Ahora que sabes que tengo dinero, quieres ser mi socia. ¿No ves el problema con esa lógica?
Su silencio fue elocuente. Ashley se puso de pie, tambaleándose.
SIGUE LEYENDO EN LA SIGUIENTE PÁGINA

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.