Limpié la cocina, preparé café, hice gachas de maíz, mermelada de durazno —la favorita de Julián desde niño— y puse la mesa con el mantel de encaje de mi abuela.
Cuatro puestos.
Uno para mí.
Uno para Beatriz.
Uno para el inspector.
Y uno para Julián.
Luego me duché, me puse mi traje oscuro de domingo y bajé a esperar.
A las 7:50 escuché movimiento arriba.
A las 8:00 en punto sonó el timbre.
El desayuno
Julián bajó primero.
Miró la mesa llena de comida y sonrió con esa soberbia que había aprendido en los últimos años. Pensó que todo estaba perdonado.
Se sentó. Tomó un panecillo. Mordió.
—Nadie cocina como tú, papá.
Y agregó con una media sonrisa:
—Ya ves… con un poco de disciplina las cosas vuelven a su sitio.
No respondí.
En ese momento sonó el timbre.
La puerta
Abrí.
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