Mi nombre es Emilio Torres. Tengo 68 años, soy viudo y vivo en una vieja casa portuaria donde crié a mi único hijo después de que mi esposa Rosa muriera. Siempre creí que el amor de padre podía sostener cualquier tormenta. Hasta aquella madrugada.
Eran alrededor de las 3:15 cuando escuché la llave raspando en la cerradura. La lluvia caía fuerte y el sonido de la puerta golpeando la pared me puso en alerta. Julián entró tambaleándose, empapado, oliendo a alcohol barato.
El jarrón azul de mi abuela cayó hecho pedazos cuando lanzó las llaves.
No dijo nada.
Cuando me vio en la cocina, su rabia explotó.
No era la primera vez que gritaba. Durante casi dos años el alcohol, el desempleo y la frustración lo habían convertido en alguien irreconocible. Había insultos, exigencias de dinero, noches de miedo. Pero esa vez fue distinto.
Intenté calmarlo.
—Hijo, ve a dormir. Mañana hablamos.
Esa frase fue suficiente.
Se lanzó contra mí. Me agarró por los brazos, me zarandeó y me empujó contra el aparador. Sentí el golpe en la espalda y la cabeza. Antes de poder reaccionar, su mano abierta cruzó mi cara.
El sonido seco de la bofetada quedó suspendido en la cocina.
Después se dio vuelta y subió las escaleras como si nada hubiera pasado.
El silencio que dejó fue peor que el golpe.
En el baño, mirándome al espejo con el labio abierto y el ojo comenzando a hincharse, entendí algo que llevaba tiempo negando:
Si no hacía algo, algún día no sobreviviría a la siguiente.
La decisión frente al espejo
No vi a una víctima.
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