La palabra “banco personal”.
El color desapareció lentamente del rostro de Ricardo.
—Sofía… yo…
Levanté una mano.
—No.
Silencio.
—No quiero escuchar excusas.
Su mirada se movía desesperadamente.
—Puedo explicarlo.
—No —repetí con calma—. No puedes.
Se pasó una mano por el cabello.
—Esto no es lo que parece.
Lo miré fijamente.
—Exactamente eso es lo que parece.
Hubo un largo silencio.
Finalmente suspiró.
—Está bien —dijo—. Sí, cometí un error.
Reí.
No una risa feliz.
Una risa fría.
—¿Un error?
Ricardo tragó saliva.
—Las cosas se salieron de control.
—No —dije suavemente—. Lo que se salió de control fue tu ambición.
Intentó acercarse.
—Sofía, escúchame…
—No.
Mi voz fue firme.
—No vuelvas a acercarte.
Se detuvo.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía inseguro.
—¿Qué quieres hacer?
Lo miré con calma absoluta.
—Ya lo hice.
En ese momento, la puerta principal se abrió.
Entraron dos abogados.
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