Todo.
Durante años creí que lo estaba ayudando a crecer.
Ahora entendía que simplemente lo había financiado.
Pero eso estaba a punto de terminar.
A la mañana siguiente, Ricardo llegó a casa.
Lo supe porque escuché el motor de su coche entrar al garaje.
Era temprano.
Demasiado temprano para alguien que supuestamente había pasado la noche viajando desde Valencia.
Yo estaba sentada en el comedor, tomando café tranquilamente.
Cuando entró, me vio y sonrió con naturalidad.
—Sofía, cariño. No sabía que ya habías despertado.
Observé su rostro con calma.
El mismo rostro que había visto besar a otra mujer el día anterior.
—El viaje fue corto —dijo mientras se acercaba—. La reunión salió mejor de lo esperado.
Mentía con tanta facilidad.
Era casi impresionante.
—Me alegro —respondí.
Ricardo se inclinó para besarme en la mejilla.
Yo no me moví.
Ni un centímetro.
Cuando se separó, notó algo extraño.
—¿Todo bien?
Tomé un sorbo de café.
—Perfectamente.
Él frunció el ceño.
—Pareces distante.
Lo miré a los ojos.
—Tal vez porque ya no tengo motivos para fingir.
Ricardo se quedó quieto.
—¿Fingir qué?
Saqué mi teléfono.
Toqué la pantalla.
Y coloqué el dispositivo sobre la mesa.
La grabación comenzó a sonar.
Su voz.
La de Laura.
La risa.
La confesión.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.