Esa noche regresé a la mansión como si nada hubiera pasado. El cielo sobre Madrid estaba cubierto por una neblina ligera, y las luces de la ciudad parecían pequeñas estrellas artificiales. Durante todo el camino, no lloré. Las lágrimas se habían quedado secas en el hospital, en aquel pasillo donde había descubierto que dos de las personas más cercanas a mí habían decidido traicionarme.
Cuando crucé la puerta principal de la casa, el silencio me envolvió como una manta fría.
Aquella casa siempre había sido grande, elegante… pero por primera vez me pareció vacía.
No de personas.
Vacía de verdad.
De amor.
De confianza.
De la ingenuidad que alguna vez había tenido.
Subí lentamente las escaleras hacia mi despacho privado. Héctor ya estaba allí cuando llegué. Era un hombre alto, serio, con el tipo de presencia que hacía que cualquiera pensara dos veces antes de mentirle.
—¿Todo listo? —pregunté.
Él asintió.
—Las cuentas de Ricardo están congeladas. También bloqueamos las tarjetas. Y revisamos los registros financieros de las empresas.
—¿Y?
Héctor me miró con gravedad.
—Usted tenía razón. Encontramos varias transferencias sospechosas en los últimos meses.
No me sorprendió.
En el fondo, una parte de mí ya lo sabía.
—Quiero un informe completo —dije—. Cada centavo.
—Lo tendrá por la mañana.
Asentí lentamente.
—Perfecto. Y otra cosa…
—¿Sí?
—Quiero que nuestros abogados preparen todo para el divorcio.
Héctor dudó un segundo.
—¿Seguro que quiere hacerlo tan rápido?
Lo miré.
—Ricardo ya tomó su decisión hace tiempo. Solo que yo acabo de enterarme hoy.
Él inclinó la cabeza.
—Entendido.
Cuando se fue, me quedé sola frente a la gran ventana de mi despacho. Desde allí podía ver el jardín perfectamente cuidado, la piscina iluminada y las esculturas modernas que Ricardo había insistido en comprar para “darle estilo” a la casa.
Sonreí con amargura.
Todo eso… lo había pagado yo.
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