ADVERTISEMENT

Mi esposa falleció hace años. Todos los meses, sin falta, le enviaba $300 a su madre, hasta que descubrí la verdad…

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

Un niño pequeño, de apenas cuatro años, estaba allí de pie, agarrando un juguete de plástico. Me miró con curiosidad.

"¿Quién eres?" preguntó.

Antes de que pudiera responder, una voz llamó desde adentro:

-Mateo, ¡no abras la puerta así!

Entró en el pasillo, secándose las manos con un paño.

Sólo con fines ilustrativos

El tiempo se detuvo.

El mundo quedó en silencio.

Marina estaba parada a tres metros de mí.

Vivo.

Ni un fantasma. Ni un recuerdo.

Tenía el pelo más corto. Su cara, más redonda. Llevaba una sencilla bata de casa. Pero sin duda era ella: sus ojos, su sonrisa, la pequeña cicatriz en la barbilla.

Su rostro se puso completamente pálido cuando me vio.

"¿Roberto?" murmuró ella.

Las bolsas se me resbalaron de las manos. Las latas rodaron por el suelo, rompiendo el silencio.

"¿Marina?" susurré.

Ella dio un paso atrás, como si yo fuera la pesadilla.

"No... no deberías estar aquí."

Entonces apareció doña Clara, mayor, pero visiblemente con buena salud.

Nada tenía sentido.

Mi esposa "fallecida".
Su madre, a quien había apoyado durante años.
Y un niño aferrado a la pierna de Marina, llamándola "Mamá".

"Te enterré", dije con voz gélida. "Lloré sobre tu ataúd. Pagué por tu memoria durante cinco años".

Marina se derrumbó en lágrimas, consumida por la culpa y el pánico.

Un hombre salió de otra habitación: alto, de hombros anchos, un extraño.

"¿Qué pasa?" preguntó.

—Éste es Roberto —dijo Marina en voz baja—. Mi... exmarido.

Esa palabra dolió más que el propio funeral.

Ex marido.

MIRA LA SEGUNDA PÁGINA PARA MÁS INFORMACIÓN

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT