No tenía ni la menor idea de que me dirigía directamente hacia una verdad que destrozaría todas mis creencias.
El camino se extendía hasta donde alcanzaba la vista, desierto. A medida que pasaban los kilómetros, los recuerdos me inundaban: la risa de Marina, la forma en que ladeaba la cabeza al escuchar música, el ligero aroma a vainilla en su cabello. Lloré en silencio, como solo me permitía cuando estaba solo.
Llegué al pueblo al anochecer. Tenía un encanto antiguo, como congelado en el tiempo: calles empedradas, casas de colores brillantes y, bajo esta aparente belleza, una innegable sensación de decadencia. No había vuelto desde el funeral.
Me dirigí hasta la calle Las Flores, número 42.
Y luego me detuve.
La casa que estaba frente a mí no era la que recordaba.
Las paredes destartaladas habían desaparecido, sustituidas por una pintura fresca de color amarillo brillante. El jardín estaba inmaculado: rosas en flor, buganvillas trepadoras y setos perfectamente podados. Una valla de madera nueva rodeaba el patio. Y en la entrada, un sedán parecía casi nuevo.
Verifiqué dos veces la dirección.
Era el lugar perfecto.
"Quizás le fue bien", pensé. "Quizás 300 dólares al mes le basten para vivir cómodamente aquí".
Sin embargo, un nudo de inquietud se formó en mi pecho cuando salí del coche con los regalos en la mano.
Toqué el timbre.
La risa estalló.
Risas de niños.
Y la voz de una mujer.
Una voz que me heló hasta los huesos.
Me quedé paralizado. Esa risa —ligera, musical, terminando con un suave suspiro— la reconocería en cualquier lugar.
"Esto no es real", me susurré. "Estás agotada. El dolor hace eso".
La puerta se abrió.
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