Llevé el teléfono de mi esposo fallecido a reparar — y descubrí una verdad para la que no estaba preparada.
Ya habían pasado casi tres meses desde el día en que mi esposo murió. El tiempo parecía avanzar y, al mismo tiempo, permanecer detenido. La casa seguía su ritmo: los niños iban a la escuela, yo preparaba el almuerzo, lavaba la ropa, conversaba con la gente. Pero por dentro todo estaba como envuelto en niebla.
El teléfono de mi esposo había estado todo ese tiempo guardado en el cajón de la cómoda. La pantalla estaba rota, el aparato no encendía. Sabía que, tarde o temprano, tendría que hacer algo con él, pero siempre lo posponía. Ese teléfono era lo último que él había tocado. El último objeto que estuvo con él aquel día.
Decidí arreglarlo y entregárselo a mi suegra. Su teléfono no funcionaba desde hacía mucho tiempo, y yo no tenía medios para comprar uno nuevo. Parecía una decisión sensata y práctica — darle una segunda vida a ese objeto.
Mi esposo murió en un accidente de coche. Todo ocurrió de repente. Por la mañana salió de casa; por la noche llamaron del hospital. Me devolvieron sus pertenencias: la cartera, las llaves, el reloj y el teléfono. Dijeron que el aparato había sufrido graves daños en el impacto y que ya no servía para su uso. En ese momento, simplemente lo guardé en el cajón. Como un recuerdo. Como algo que aún no estaba lista para tocar.
El servicio técnico estaba en un antiguo centro comercial — un espacio algo subterráneo, con luz tenue y olor a polvo y aparatos electrónicos. El técnico era un hombre silencioso, de unos cuarenta años, sin preguntas innecesarias ni demostraciones de emoción. Examinó el teléfono y dijo que sería necesario cambiar completamente la pantalla, pero que la reparación no era complicada y tomaría alrededor de una hora.
Me quedé allí esperando. Mientras él trabajaba, me senté en la única silla y miraba por la ventana sucia, por donde resbalaban gotas de lluvia. Pensaba en los niños. En cómo crecían sin su padre. En cómo cada uno lidiaba con la pérdida de una manera diferente. La hija trataba de ser fuerte. El hijo aún preguntaba, a veces, cuándo volvería su padre a casa.
El técnico trabajaba en silencio. Se notaba que era experimentado — movimientos firmes, precisos. Después de un tiempo, conectó el teléfono al cargador y presionó el botón de encendido. La pantalla se iluminó. Una pantalla común, familiar.
Y casi de inmediato, el teléfono vibró.
Noté que el técnico fijó la mirada en el aparato. Su expresión cambió. Por un momento no dijo nada, solo frunció el ceño y siguió mirando la pantalla unos segundos.
—¿Algo anda mal? — pregunté.
Se giró lentamente hacia mí y dijo en voz baja:
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