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“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hijaa

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El mariachi llegó a las 5, la banda a las 6. Los primeros invitados empezaron a llegar a las 7. Yo me quedé en la cocina, cocinando, sirviendo, organizando. Cada vez que podía me asomaba a la sala para ver quién había llegado, buscando la cara del chivo entre la multitud. Las horas pasaban y él no aparecía. Empecé a preocuparme y si no venía y si a última hora había decidido quedarse en Michoacán y si todo mi plan había sido en vano.

A las 11 de la noche, cuando ya estaba perdiendo la esperanza, escuché un alboroto en la entrada. Gritos de bienvenida, aplausos, música de banda tocando más fuerte. Me asomé por la puerta de la cocina y lo vi. El chivo había llegado. Venía con su séquito de guardaespaldas, unos 10 hombres armados que se desplegaron por la casa como si estuvieran tomando posiciones de combate.

Vestía una camisa de sedanegra, pantalón de vestir, botas de piel de cocodrilo, llevaba cadenas de oro en el cuello, anillos de diamantes en los dedos, un reloj que probablemente costaba más que mi casa. Se veía gordo, hinchado, con la cara roja de quien bebe demasiado y duerme poco. Me quedé observándolo desde la cocina con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que todos lo escucharían. Ahí estaba.

El hombre que había violado y torturado a mi hija, el hombre que la había colgado de un árbol como un trofeo, el hombre que me había destruido la vida y en unas horas estaría muerto. El chivo saludó a a el ingeniero con un abrazo de compadres. le dio un regalo envuelto en papel dorado, bromeó con los otros comandantes.

Se sentó en una mesa apartada con su grupo, rodeado de sus guardaespaldas, comiendo la comida que sus propias cocineras le habían traído. No tocó nada de lo que yo había preparado, como siempre, no importaba. Yo no necesitaba que comiera mi comida, solo necesitaba que subiera a ese baño. Las horas pasaron.

Medianoche, una de la mañana, 2 de la mañana, la fiesta seguía a todo lo que daba, con música a todo volumen, botellas de tequila por todas partes, hombres borrachos bailando con mujeres que habían traído quién sabe de dónde. El chivo bebía, fumaba, platicaba con sus compadres. Se veía relajado, tranquilo, sin ninguna preocupación en el mundo.

A las 3 de la mañana lo vi levantarse de su mesa. Dijo algo a uno de sus guardaespaldas y caminó hacia las escaleras. Mi corazón se detuvo por un segundo. Ahí iba hacia el baño del segundo piso, hacia mi trampa. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció en el segundo piso. Uno de sus guardaespaldas subió detrás de él y se quedó parado afuera del baño vigilando.

Yo volví a la cocina y empecé a lavar trastes tratando de mantenerme ocupada, tratando de controlar los nervios. Pasaron 5 minutos, 10, 15. El chivo seguía arriba. Me imaginaba lo que estaba haciendo, echándose agua en la cara, lavándose las manos con el jabón envenenado, secándose con la toalla contaminada, poniéndose la crema de la banda que tanto le gustaba, cada acción metiendo más veneno en su cuerpo, cada minuto acercándolo más a la muerte.

20 minutos después, el chivo bajó las escaleras. Se veía fresco, despejado, con la camisa cambiada y el pelo húmedo. Se reunió con su grupo y siguió bebiendo como si nada. Yo lo observaba desde la cocina esperando. La conitina tardaba entre 30 minutos y 2 horas en hacer efecto, dependiendo de la dosis absorbida.

Los primeros síntomas eran hormigueo en las manos y la cara, seguidos de náusea, sudoración, debilidad. Después venía la arritmia cardíaca, la dificultad para respirar, el colapso del sistema nervioso. La muerte llegaba por paro cardíaco, generalmente entre 3 y 6 horas después de la exposición. A las 4 de la mañana, el chivo empezó a frotarse las manos.

Parecía incómodo e inquieto. Le dijo algo a uno de sus hombres y se sirvió un vaso de agua. A las 4:30 se levantó y fue al baño de la planta baja, probablemente pensando que se había mareado por el alcohol. Salió 10 minutos después, más pálido que antes. A las 5 de la mañana, mientras la mayoría de los invitados ya se habían ido o estaban dormidos en los sillones, el chivo se desplomó. fue repentino, violento.

Un momento estaba parado platicando con el ingeniero y al siguiente estaba en el suelo convulsionando con espumas saliendo de su boca. Sus guardaespaldas corrieron hacia él gritando que llamaran a un doctor, que trajeron agua, que qué estaba pasando. Yo salí de la cocina con los demás sirvientes, fingiendo sorpresa y preocupación.

Me quedé en una esquina observando cómo trataban de reanimar al chivo, cómo le daban golpes en el pecho, cómo le gritaban que reaccionara, pero yo sabía que no había nada que hacer. La aconitina ya había hecho su trabajo. Su corazón estaba fallando latido a latido y no había poder humano que pudiera salvarlo.

El chivo murió a las 5:43 de la mañana en el piso de esa casa de Zapopan, rodeado de sus hombres que no podían hacer nada por él. El doctor que llegó media hora después dictaminó parocardíaco fulminante. Demasiado alcohol, demasiado estrés, demasiados años de excesos, dijo el doctor mientras llenaba el certificado de defunción. El corazón simplemente no aguantó.

Nadie sospechó nada. Nadie conectó su muerte con el baño del segundo piso, con la crema de la banda, con la viejita de la cocina que había estado ahí desde el día anterior. Era solo otro narco que se había muerto de un infarto, otro comandante que había caído víctima de su propio estilo de vida. Me quedé para ayudar a limpiar después de que se llevaron el cuerpo.

Barrí el piso donde había caído, lavé los vasos que había usado, ordené las sillas que habían tirado cuando trataron de reanimarlo. Y mientras limpiaba, subí al baño del segundo piso una última vez. Tiré lacrema, el jabón, la toalla, los metí en una bolsa de basura que después tiré en un contenedor a kilómetros de la casa. Limpié cada superficie con cloro y agua caliente, borrando cualquier rastro de veneno que pudiera quedar.

Cuando terminé, el baño estaba impecable, sin ninguna evidencia de lo que había pasado ahí. El chivo estaba muerto. Finalmente, después de 3 años, el asesino de mi hija había pagado por lo que hizo. Pero no sentí la paz que esperaba. No sentí el alivio, la liberación, el cierre que había imaginado durante tantos años.

Solo sentí un vacío enorme, un agujero negro en el pecho que ninguna venganza podía llenar, porque el chivo estaba muerto, pero Lupita seguía muerta. Seguía en esa tumba fría en el panteón de Mesquitán. Seguía colgando de ese árbol en mis pesadillas. Ninguna cantidad de sangre derramada iba a traerla de vuelta, pero no podía detenerme.

Todavía quedaban hombres en mi lista. Todavía había hombres que habían participado en lo que le pasó a mi hija. Tenía que terminar lo que había empezado. Durante los siguientes meses eliminé a los últimos cuatro nombres de mi lista. El gerero que había sido uno de los guardias en el rancho, el pelón, que había ayudado a secuestrarla, el tuerto que había conducido la camioneta esa noche, el muelas que había acabado la tumba donde originalmente pensaban enterrarla antes de decidir colgarla como advertencia.

Cada uno murió de forma diferente. Envenenamiento por toloache, risino en el café, extracto de sicuta en la birria, extramonio en el atole. Cada muerte pareció natural, accidental, inexplicable. Y cada vez que uno de ellos caía, yo iba al panteón a contarle a Lupita. Otro más, mi niña le decía sentada frente a su tumba, limpiando las flores marchitas, poniendo flores frescas.

Otro más que pagó por lo que te hicieron. Pronto van a estar todos. Pronto vas a poder descansar en paz. El último de mi lista murió en febrero de 2019, casi 5 años después de la muerte de Lupita. En total maté a 19 personas. 19 hombres que directa o indirectamente habían participado en el secuestro, tortura y asesinato de mi hija.

Cuatro de mi lista original escaparon, dos murieron en enfrentamientos con fuerzas federales antes de que pudiera llegar a ellos. Uno fue asesinado por una célula rival del cártel de Sinaloa y uno simplemente desapareció. Probablemente huyó a Estados Unidos cuando vio que sus compañeros estaban cayendo uno tras otro.

Cuando terminé, cuando el último nombre de mi lista estuvo tachado, me senté en la sala de mi casa y esperé sentir algo. Paz, alivio, satisfacción, cualquier cosa, pero no sentí nada. Solo el mismo vacío de siempre, la misma oscuridad que me había acompañado desde el día que encontré a Lupita en ese rancho.

La venganza no sana nada, eso lo sé ahora. Puedes matar a todos los que te hicieron daño. Puedes hacerlos sufrir como ellos te hicieron sufrir. Puedes cobrar cada gota de sangre que derramaron. Pero al final el dolor sigue ahí, el vacío sigue ahí, los muertos siguen muertos y los vivos seguimos arrastrando sus fantasmas.

Seguí trabajando para el CJNG durante dos años más, no porque quisiera, sino porque no sabía cómo salir y porque una parte de mí ya no le importaba lo que pasara. Había cumplido mi misión, había vengado a mi hija. Lo que me pasara después no tenía importancia. En 2021, finalmente dejé el trabajo. Les dije que estaba muy vieja, muy cansada, que mis articulaciones ya no aguantaban las jornadas de limpieza.

No era mentira. Tenía 51 años y el cuerpo me dolía como si tuviera 80. Años de trabajo pesado, de estrés constante, de manipular veneno sin protección adecuada. Habían cobrado su precio. Me dejaron ir sin problemas. Después de 15 años de servicio leal, de nunca dar problemas, de guardar todos sus secretos, me dieron una liquidación de 200,000 pesos y me desearon buena suerte.

El nuevo contador, un tipo joven que había reemplazado a el calculador, me dio un abrazo y me dijo que siempre sería bienvenida si quería volver. No volví. Me fui de Guadalajara y me mudé a un pueblito de Nayarit, cerca de la costa, lejos de todo lo que me recordaba a esos años. Compré una casita pequeña con vista al mar, con un jardincito donde planto flores y hierbas.

No plantas venenosas, ya no. Solo bugambilias, margaritas, albaca, romero, plantas de vida, no de muerte. Mis hijos saben la verdad, se las conté hace un año. Una noche que estábamos los tres solos en mi casita después de cenar pozole como cuando eran niños. Les conté todo. Mi trabajo para el CJNG, lo que sabía sobre la muerte de Lupita, lo que hice para vengarla.

Les conté de cada uno de los 19 hombres que maté, cómo los maté. ¿Por qué los maté? Al principio no me creyeron. Pensaron que estaba inventando cosas, que la vejez me estaba afectando la mente. Pero cuando vieron mi cara, cuando vieron la seriedad en mis ojos, entendieron queera verdad. Aurelio Junior se levantó y salió de la casa sin decir nada.

Fernando se quedó sentado llorando en silencio. Me quedé sola en la mesa, esperando su juicio, esperando su condena. Aurelio volvió una hora después. Tenía los ojos rojos de llorar. se sentó frente a mí, me tomó las manos y me dijo, “Gracias, mamá. Gracias por hacer lo que yo no pude hacer.” Fernando me abrazó después.

Me dijo que entendía, que no me juzgaba, que Lupita estaría orgullosa de mí. No sé si Lupita estaría orgullosa. No sé si lo que hice estuvo bien o mal. Maté a 19 personas. Son 19 familias que perdieron a alguien, 19 madres que lloraron a sus hijos, como yo lloré a la mía. Algunos de esos hombres tenían esposas, tenían niños pequeños.

Niños que ahora crecen sin padre por mi culpa, igual que mis nietos crecen sin su tía Lupita. Eso me hace tan mala como ellos. Probablemente. Tal vez. No lo sé. Las líneas entre el bien y el mal se borran cuando te arrancan a un hijo de los brazos. La moral se vuelve un lujo que no puedes pagar cuando entierras a tu niña de 19 años y nadie paga por ello.

Hago esta confesión porque sé que me queda poco tiempo. Los doctores me dijeron hace 6 meses que tengo cáncer de estómago. Etapa cuatro, inoperable. Probablemente es por todos los años manipulando veneno sin protección adecuada, respirando los vapores, absorbiendo las toxinas a través de la piel. El mismo veneno que usé para matar a otros ahora me está matando a mí.

Dicen que me quedan meses, tal vez un año si tengo suerte. No tengo miedo de morir. Hace mucho que dejé de tenerle miedo a la muerte. Lo que me da miedo es morirme sin que nadie sepa lo que hice, sin que nadie entienda por qué lo hice. Quiero que el mundo sepa que hay consecuencias, que aunque el sistema de justicia no funcione, aunque los criminales crean que son intocables, siempre hay alguien observando, siempre hay alguien esperando el momento para cobrar las deudas.

A las madres que han perdido hijos por culpa del narco. A las madres que viven con el mismo dolor que yo viví, les digo esto. Las entiendo. Entiendo la rabia, la impotencia, las ganas de tomar la justicia en sus propias manos. Pero también les digo que la venganza no sana nada, solo te convierte en otro monstruo. Solo te roba lo poco de humanidad que te queda.

Yo maté a 19 hombres y sigo despertando cada noche viendo a mi Lupita colgando de ese árbol. Sigo oyendo sus gritos en mis sueños. Sigo sintiéndome vacía, rota, destruida. La venganza no me devolvió a mi hija. Solo me quitó la posibilidad de sanar, de seguir adelante, de encontrar paz. La única paz que he encontrado es en la fe.

Voy a misa todos los días ahora en la parroquita del pueblo donde vivo. Me siento en la última banca. Rezo el rosario. Prendo veladoras a la Virgen de Guadalupe. Le pido perdón por lo que hice. Le pido que cuide a mi Lupita en el cielo. Le pido que cuando me llegue la hora me permita verla otra vez. El Padre del Pueblo sabe mi historia.

Se la conté en confesión hace unos meses, cuando el cáncer ya estaba avanzado y sentí que necesitaba decirle a alguien. Me escuchó sin interrumpirme, sin juzgarme, sin condenarme. Cuando terminé, me dio la absolución y me dijo algo que nunca voy a olvidar. Hija, me dijo, solo Dios puede juzgar lo que hiciste. Yo no tengo ese poder.

Lo que sí sé es que el amor de una madre es la fuerza más poderosa del mundo y a veces esa fuerza nos lleva a lugares oscuros. Pero Dios es misericordioso. Dios perdona a los que se arrepienten de corazón. Y yo creo que tú te arrepientes. Me arrepiento. No de haber vengado a mi hija, sino de haberme convertido en lo que me convertí.

Me arrepiento de haber pasado años con el corazón lleno de odio, de haber dejado que la venganza consumiera mi vida, de haberle robado a mis otros hijos la madre que merecían mientras yo estaba ocupada planeando asesinatos. Pero ya es tarde para arrepentimientos. Lo hecho hecho está. Solo me queda esperar el final, rezar por perdón y confiar en que Dios es más misericordioso de lo que yo fui.

Mi nombre es Guadalupe Herrera Mendoza. Fui la limpiadora del CJNG durante 15 años. Maté a 19 hombres para vengar a mi hija y esta es mi confesión final. Si hay un cielo, espero que Lupita esté ahí esperándome. Espero que me perdone por no haberla protegido cuando más me necesitaba. Espero que me abrace como cuando era niña y me diga que todo está bien, que ya no hay dolor, que finalmente podemos descansar juntas.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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