Pensaba en lo que ella había sufrido durante esas dos semanas en manos del chivo. Pensaba en las marcas de tortura en su cuerpo, en los moretones, en las quemaduras. y pensaba que se lo merecían, que todos se lo merecían. La organización empezó a notar que estaba perdiendo gente. Entre 2015 y 2017, más de 10 icarios y operadores de bajo nivel murieron de causas aparentemente naturales.
Hubo reuniones, hubo investigaciones internas, hubo paranoia. Algunos pensaban que era una maldición, que alguien les había hecho brujería. Otros pensaban que era algo en el agua, en la comida de los restaurantes donde comían. en las drogas que consumían, pero nadie, absolutamente nadie, sospechó de Doña Lupe.
Hubo un momento de peligro en 2016, cuando tres de mis objetivos murieron en el mismo mes. Uno de los contadores, un tipo desconfiado al quellamaban el calculador, empezó a hacer preguntas. Quería saber qué tenían en común los muertos, dónde habían estado, qué habían comido, con quién habían hablado. Me llamó a su oficina y me interrogó durante una hora.
Me preguntó si había notado algo raro, si alguien había actuado sospechoso, si había visto algo fuera de lo normal. Yo le contesté con mi mejor cara de viejita inocente. Le dije que no había notado nada, que yo solo limpiaba y cocinaba, que no me metía en los asuntos de los muchachos. El calculador me miró fijamente por un largo rato tratando de detectar alguna mentira en mi cara, pero yo había pasado años perfeccionando mi máscara, años fingiendo que todo estaba bien mientras por dentro me moría.
Un interrogatorio de una hora no era nada comparado con eso. Al final me dejó ir. Nunca volvió a sospechar de mí. Y tr meses después el calculador también estaba en mi lista. No por lo de Lupita, sino porque durante el interrogatorio me había amenazado. Me había dicho que si descubría que yo tenía algo que ver con las muertes, me iba a despellejar viva.
Nadie me amenazaba y se salía con la suya. Ya no. Le puse extracto de Adelfa en el whisky que guardaba en su oficina. Murió de un infarto dos semanas después. El doctor dijo que era el estrés del trabajo. Para finales de 2017 ya había eliminado a 15 de los 23 nombres de mi lista. Quedaban ocho, incluyendo el más importante de todos, el chivo.
Pero el chivo era diferente a los demás. Era más paranoico, más cuidadoso, más difícil de alcanzar. No comía nada que no prepararan sus propias cocineras, mujeres que había traído de su pueblo natal y que vivían con él en su casa. tenía un catador que probaba todo antes que él, un muchacho [ __ ] que literalmente arriesgaba su vida cada vez que el chivo se sentaba a comer.
Casi nunca iba a las casas de seguridad donde yo trabajaba. Prefería moverse entre sus propias propiedades en Michoacán. Había intentado llegar a él varias veces sin éxito. Una vez logré que le sirvieran una botella de tequila que yo había contaminado, pero el catador la probó primero y se enfermó.
El chivo mandó investigar de dónde había salido esa botella. Y casi me descubren. Tuve que inventar una historia sobre un proveedor de licor que vendía producto adulterado y el pobre tipo terminó ejecutado, aunque no había hecho nada. Me sentí mal por él. Era inocente, solo un comerciante tratando de ganarse la vida, pero no lo suficiente como para confesar, no lo suficiente como para detener mi misión.
En esta guerra había daños colaterales. Yo lo había aceptado desde el principio. Pasaron los meses y el chivo seguía vivo, seguía respirando, seguía disfrutando de su poder mientras mi hija se pudría en una tumba. Cada día que pasaba era un insulto a su memoria, una burla a mi dolor. Pero yo era paciente. Había esperado años. Podía esperar más.
Tarde o temprano el chivo cometería un error. Tarde o temprano bajaría la guardia y yo estaría ahí esperando con mi veneno listo. La oportunidad llegó en diciembre de 2017 de la forma más inesperada. En diciembre de 2017, el CJNG organizó una fiesta grande en una de las casas de Zapopan. Era para celebrar el cumpleaños de uno de los jefes principales, un tipo al que llamaban el ingeniero porque había estudiado dos años de ingeniería civil antes de dedicarse al narco.
El ingeniero cumplía 50 años y quería una celebración a lo grande con mariachi, con banda, con comida para 100 personas, con todo el lujo que el dinero del narco podía comprar. Me pidieron que ayudara con la preparación de la comida. Iban a venir comandantes de toda la región, gente importante de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima.
Necesitaban que preparara birria de res, pozole rojo, tamales de puerco, carnitas, todo un banquete digno de la ocasión. Me ofrecieron pagarme el triple de lo normal y yo acepté sin dudarlo, no por el dinero, sino porque sabía que el chivo iba a estar ahí. El chivo casi nunca asistía a eventos sociales de la organización.
Era demasiado paranoico, demasiado desconfiado. Prefería quedarse en sus territorios de Michoacán, rodeado de su gente de confianza, lejos de cualquier posible amenaza. Pero el ingeniero era su compadre, el padrino de uno de sus hijos. No podía faltar a su cumpleaños número 50 sin causar un insulto grave. Cuando me enteré de que el chivo iba a venir, sentí que el corazón se me aceleraba. 3 años.
3 años llevaba esperando esta oportunidad. tres años planeando, preparando, soñando con el momento en que finalmente podría cobrar la deuda que ese monstruo tenía con mi hija. Pero tenía un problema. El chivo no comía nada que yo preparara, siempre llevaba su propia comida, sus propias bebidas, sus propias cocineras.
Incluso en fiestas como esta se apartaba con su grupo y comía lo que le traían sus mujeres. Era casi imposible envenenarlo por la ruta tradicional.Pasé noches enteras pensando en cómo hacerlo. Repasé todo lo que sabía sobre el chivo, sus hábitos, sus rutinas, sus debilidades y entonces recordé algo que había observado en las pocas ocasiones en que lo había visto en fiestas anteriores.
El chivo tenía un ritual después de las celebraciones. Cuando la fiesta se extendía hasta tarde, cuando había bebido suficiente tequila y fumado suficientes puros, siempre subía al baño del segundo piso a refrescarse. Se encerraba ahí por 10 o 15 minutos, se echaba agua en la cara, se lavaba las manos, a veces hasta se cambiaba la camisa si estaba muy sudada.
Decía que le ayudaba a despejarse, a mantenerse alerta. Había observado este ritual tres veces en los últimos años. Siempre el mismo baño, siempre el mismo procedimiento y lo más importante, siempre usaba la crema para manos que estaba en ese baño. Era una crema cara, importada, que alguien había dejado ahí y que a el chivo le gustaba porque olía a la banda y dejaba las manos suaves.
Ahí estaba mi oportunidad. Durante mis investigaciones en la biblioteca había aprendido sobre venenos que se absorbían por la piel. El más potente era la conitina, un extracto de la planta llamada acónito o casco del [ __ ] Unas gotas en la piel eran suficientes para matar a un hombre en cuestión de horas.
El veneno entraba al torrente sanguíneo a través de los poros, atacaba el sistema nervioso, paralizaba el corazón y lo mejor de todo, los síntomas parecían un infarto común y corriente. El problema era conseguir aconitina. El acónito no crecía naturalmente en Jalisco. Era una planta de climas fríos, de montañas. Pero después de meses de búsqueda encontré a un herbolario en Guadalajara que vendía plantas exóticas para coleccionistas.
Le compré tres plantas de acón diciéndole que eran para decorar mi jardín. El viejo me advirtió que eran tóxicas, que no las tocara con las manos descubiertas. Le di las gracias y le pagué el doble de lo que pedía para que no hiciera preguntas. Pasé dos semanas procesando las plantas. Extraje el veneno de las raíces, que era donde estaba más concentrado, hirviéndolas en agua destilada y evaporando el líquido hasta que quedó un aceite espeso y amarillento.
Era conitina casi pura, suficiente para matar a 20 hombres. Guardé el aceite en un frasquito de esmalte de uñas que había lavado y esterilizado para que nadie sospechara si lo encontraban. La noche antes de la fiesta fui a la casa de Zapopan a preparar todo para el día siguiente. Llegué temprano, cuando todavía no había nadie más que los guardias de seguridad.
Les dije que necesitaba revisar la cocina, organizar los ingredientes, asegurarme de que no faltara nada. Subí al segundo piso con mi bolsa de limpieza, como si fuera a revisar que los baños estuvieran listos para los invitados. Entré al baño que usaba el chivo y cerré la puerta con seguro. Trabajé rápido, saqué el frasquito con la conitina y lo mezclé con la crema para manos que estaba en el ababo.
Usé un palito de madera para revolverlo bien, asegurándome de que el veneno quedara distribuido uniformemente. También puse un poco en el borde de la llave de la babo, en la toalla que el chivo usaba para secarse en el jabón líquido, múltiples puntos de contacto para asegurarme de que absorbiera suficiente veneno, aunque solo tocara una de las superficies.
Cuando terminé, lavé el frasquito y el palito en el escusado y los tiré a la basura envueltos en papel higiénico. Revisé que todo se viera normal, que no hubiera nada fuera de lugar. El baño se veía exactamente igual que antes, limpio, ordenado, inofensivo. Bajé a la cocina y seguí con mis preparativos como si nada hubiera pasado. Nadie sospechó nada.
Nadie me preguntó qué había estado haciendo arriba. Era solo doña Lupe revisando que todo estuviera limpio para la fiesta. El día de la celebración llegué a las 3 de la tarde para empezar a cocinar. La casa ya estaba llena de actividad. Hombres montando mesas, mujeres arreglando flores, técnicos instalando bocinas y luces.
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