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“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hijaa

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Durante años les había cocinado a estos hombres, les había preparado sus platillos favoritos, les había servido en sus fiestas. les había dado de comer en sus bocas. Confiaban en mí ciegamente. Nunca, ni una sola vez habían sospechado de la viejita que les hacía tamales. Era demasiado insignificante, demasiado inofensiva, demasiado invisible.

Esa invisibilidad iba a ser mi arma. La idea del veneno llegó una noche de diciembre de 2014 mientras limpiaba el cuarto de interrogatorios de la casa de Tlajomulco. Había sangre fresca en el piso, mucha sangre. y restos de lo que le habían hecho a alguien esa tarde. Mientras tallaba las manchas con cloro y agua caliente, pensé en todas las formas en que estos hombres mataban: balas, cuchillos, machetes, fuego, ácido, formas violentas, ruidosas, que dejaban rastros, que atraían atención, pero había otras formas de matar. Formas

silenciosas, lentas, que no dejaban rastro, formas que parecían naturales, accidentales, que nadie investigaba. El veneno era la forma de los débiles, de los que no tenían fuerza para enfrentar a sus enemigos directamente. Era la forma de las mujeres, de los esclavos, de los sirvientes. Era mi forma.

Empecé a investigar con cuidado. No podía buscar en internet porque sabía que me podían rastrear que el CJNG tenía gente en las compañías de teléfono que monitoreaba lo que buscaba la gente. Así que fui a la biblioteca pública de Guadalajara, la que está en el centro, cerca de la catedral. Saqué una credencial a nombre de mi hermana que vivía en Estados Unidos por si acasoalguien preguntaba después.

Pasé semanas leyendo libros de botánica, de química básica, de toxicología, de medicina forense. Leí sobre los venenos que usaban en la antigüedad, sobre las plantas tóxicas que crecían en México, sobre los síntomas de diferentes tipos de envenenamiento. Tomaba notas en una libretita que después quemaba en el patio de mi casa, memorizando la información antes de destruir la evidencia.

Descubrí que México era un paraíso de plantas venenosas. El toloache que los brujos usaban para hacer amarres y que en dosis altas causaba alucinaciones, convulsiones y paro cardíaco. La higuerilla, cuyas semillas contenían risina, uno de los venenos más potentes del mundo, el extramonio primo del toloache, igual de mortal, el colorín con sus semillas rojas brillantes que parecían dulces pero que destruían los riñones.

la Adelfa, cuyos flores rosadas escondían toxinas que paralizaban el corazón. Todas estas plantas crecían en Jalisco, en los patios de las casas, en los parques, en los caminos rurales, en los terrenos valdíos. Nadie les prestaba atención, nadie sabía lo peligrosas que eran. Para todos eran solo hierbas, solo flores bonitas, solo parte del paisaje.

Para mí eran armas. Empecé a recolectar plantas en mis días libres. Iba al campo con una bolsa de plástico y guantes de cocina. Cortaba hojas, semillas, raíces. Las llevaba a mi casa y las procesaba en la cocina cuando mis hijos no estaban. Secaba las hojas al sol, molía las semillas en el molcajete, preparaba extractos hirviendo las plantas en agua.

Era un trabajo lento, meticuloso, que requería paciencia y precisión. También experimenté con animales. Compré ratas en el mercado de animales de esas que venden para alimentar serpientes. Les daba diferentes dosis de mis preparaciones y observaba los efectos. Aprendí cuánto toloache se necesitaba para matar a una rata de 200 g, cuánto risino, cuánto extrramonio.

Hacía cálculos para extrapolar las dosis a humanos, tomando en cuenta el peso corporal, el metabolismo, la forma de administración. Sé que suena horrible, sé que suena como el trabajo de un monstruo, pero cuando pierdes a un hijo de la forma en que yo perdí a Lupita, algo se rompe dentro de ti. La compasión desaparece. La empatía se evapora.

Solo queda el dolor y la rabia y las ganas de hacer sufrir a los que te hicieron sufrir. Me tomó 6 meses estar lista. 6 meses de investigación, de preparación, de planificación. Para entonces ya tenía un arsenal de venenos escondido en el sótano de mi casa en frascos de mayonesa y botellas de salsa que nadie sospecharía.

Tenía tolo molido que parecía orégano, risino líquido que parecía aceite de cocina, extracto de Adelfa que parecía jarabe para la tos. También tenía una lista. Pasé semanas recordando cada cara, cada nombre, cada detalle de las personas involucradas en lo que le pasó a Lupita, los hombres que la habían secuestrado esa noche de septiembre, los que la habían vigilado durante meses antes del secuestro, los que la habían custodiado durante las dos semanas que estuvo cautiva, los que estaban en el rancho el día que la encontré fumando y platicando como si

nada mientras mi hija colgaba de un árbol y, por supuesto, el chivo. Hice una lista de 23 nombres. Algunos los conocía bien, otros solo de vista, otros solo por apodo, pero todos habían participado de alguna forma en la muerte de mi hija. Todos habían sabido lo que estaba pasando y no habían hecho nada para impedirlo. Todos merecían morir.

El primero de mi lista fue fácil. Un tipo al que llamaban el flaco, uno de los icarios de bajo nivel que había estado en el rancho ese día. Era un muchacho joven de unos 25 años. flaco como su apodo, con cara de ratón y dientes chuecos. No era nada importante, no tenía poder real, pero había estado ahí. Había visto el cuerpo de mi hija y no había sentido nada.

Había seguido fumando su cigarro como si fuera un día cualquiera. El flaco tenía una debilidad. Le encantaba el atole de arroz que yo preparaba. Cada vez que llegaba a la casa de Tlajomulco, me pedía que le hiciera un jarrito. “Doña Lupe, su atol de mi abuelita”, me decía siempre con esa sonrisa de rata. Y yo siempre se lo preparaba con canela extra como a él le gustaba y él siempre me daba 50 pesos de propina.

Un día de abril de 2015, el flaco llegó solo a la casa después de un trabajo. Venía cansado, sudado, con manchas de sangre en la camisa que yo sabía que tendría que lavar después. Me pidió su atole como siempre y yo se lo preparé con todo el cariño del mundo, pero esta vez le agregué un ingrediente especial. semillas de toloache finamente molidas, mezcladas con la canela para disimular cualquier sabor extraño.

Había calculado la dosis con cuidado, suficiente para matar a un hombre de su peso en unas horas, pero no tanto como para que el sabor fuera detectable. El flaco se tomó el atole completo mientras me platicabade su trabajo, de una muchacha que le gustaba, de los planes que tenía para comprarse una moto nueva. Yo lo escuchaba con paciencia, asintiendo en los momentos correctos, sonriendo cuando hacía chistes malos.

Por dentro contaba los minutos. Media hora después empezó a sentirse mal. Primero mareo, después sudoración, después confusión. Pensó que era el calor, que estaba cansado del trabajo de la noche anterior. Me dijo que se iba a acostar un rato en uno de los cuartos que me avisara si llegaba alguien. Lo vi subir las escaleras tambaleándose, agarrándose de la pared para no caerse.

Me quedé en la cocina lavando trastes esperando. Tres horas después, uno de los otros muchachos subió a buscarlo porque no contestaba el radio. Lo encontró tirado en la cama con espuma en la boca, sin pulso. Gritó que el flaco estaba muerto, que llamaran a alguien, que qué había pasado. Yo subí con los demás, fingiendo sorpresa, fingiendo horror.

Vi el cuerpo del flaco, sus ojos abiertos mirando al techo, su cara congelada en una mueca de dolor y por dentro, muy adentro donde nadie podía verlo, sentí algo que no había sentido desde la muerte de Lupita. Satisfacción. Llamaron a un doctor que trabajaba para la organización, examinó el cuerpo, hizo algunas preguntas y dictaminó que había sido un paro cardíaco.

“Estas cosas pasan”, dijo encogiéndose de hombros. El muchacho era joven, pero llevaba una vida de mucho estrés. El corazón no aguanta. Nadie sospechó nada. Nadie conectó la muerte de el flaco con el atole que le había preparado horas antes. ¿Por qué lo harían? Era solo la doña Lupe, la viejita que limpiaba y cocinaba. Llevaba casi 10 años trabajando para ellos sin dar problemas.

Era parte del mobiliario, tan inofensiva como las sillas del comedor. El funeral del flaco fue tres días después. Asistí como todos los demás. Le di el pésame a su madre. Recé un rosario por su alma. Nadie notó que por dentro estaba celebrando. Nadie notó que ya había tachado el primer nombre de mi lista. Quedaban 22.

Esa primera muerte me enseñó muchas cosas. Aprendí que podía hacerlo, que tenía el estómago para matar a sangre fría. Aprendí que el veneno funcionaba, que mis cálculos eran correctos y aprendí que nadie iba a sospechar de la viejita de la limpieza. Pero también aprendí que tenía que ser más cuidadosa.

No podía matar a todos en la misma casa con el mismo método en poco tiempo. Eso levantaría sospechas incluso entre gente tan descuidada como estos narcos. Tenía que espaciar las muertes, variar los venenos, hacerlo parecer accidental o natural cada vez. desarrolló un sistema. Nunca mataba a más de dos personas en el mismo mes. Nunca usaba el mismo veneno dos veces seguidas.

Nunca envenenaba a alguien el mismo día que cocinaba para ellos. Usaba venenos de efecto [ __ ] que tardaban horas o días en hacer efecto, para que cuando murieran yo estuviera en otro lugar con testigos que confirmaran que no había estado cerca. El segundo fue el perico, otro de los que estuvo en el rancho.

Le puse risino en el café que le servíó una mañana de mayo. Murió una semana después de lo que parecía insuficiencia renal. Los doctores dijeron que probablemente era por la diabetes que ni él sabía que tenía. El tercero fue el moreno, que había sido el chóer la noche que secuestraron a Lupita. Reconocí su cara de las descripciones que me dieron los vecinos que vieron el secuestro.

Le preparé unos tamales con extracto de sicuta silvestre que conseguí en un terreno valdío cerca de mi casa. Murió dos días después de aparente intoxicación alimentaria. Le echaron la culpa a unos tacos que había comido en un puesto callejero. El cuarto, el quinto, el sexto. Cada muerte era diferente.

Algunos morían rápido en horas, otros tardaban días, semanas. Algunos sufrían mucho, convulsiones y vómitos y dolor. Otros se iban tranquilos en su sueño sin saber lo que les estaba pasando. No me importaba el sufrimiento. De hecho, parte de mí lo disfrutaba. Cada vez que veía a uno de mis objetivos retorcerse de dolor, pensaba en Lupita.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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