ADVERTISEMENT

“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herreraa Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hijaa

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

No quería que saliera, no quería que la vieran. Pero Lupita tenía que ir a la escuela. Tenía que hacer sus prácticas en el hospital. Tenía que vivir su vida, no podía encerrarla para siempre. El chivo no esperó mi permiso. Empezó a seguir a Lupita por su cuenta. Mandaba a sus hombres a vigilarla fuera de la escuela de enfermería, fuera de la casa.

fuera del hospital donde hacía sus prácticas. Un día, Lupita llegó asustada diciéndome que un tipo en una camionetanegra le había gritado cosas mientras caminaba a la parada del camión. Le había dicho que estaba muy bonita, que porque andaba sola, que él podía llevarla a donde quisiera. Otro día me dijo que había encontrado un ramo de rosas rojas en la puerta de la casa.

No tenía tarjeta, no decía de quién era, solo las flores envueltas en papel celofán con un listón rojo. Lupita pensó que era de algún admirador secreto de la escuela y hasta le dio risa. Yo tuve que fingir que también me parecía gracioso mientras por dentro me moría de terror. Una semana después llegó otro ramo, este con una nota.

Decía, “Para la enfermera más bonita de Jalisco. Pronto nos conoceremos.” Lupita se asustó esa vez. me preguntó quién podía ser, si debíamos llamar a la policía. Le dije que probablemente era una broma de alguien de la escuela, que no se preocupara, pero esa noche escondí todos los cuchillos de la cocina debajo de mi colchón, por si acaso.

En septiembre de 2014, el chivo perdió la paciencia. Era un viernes por la noche. Lupita regresaba de la escuela como a las 8, ya estaba oscuro. Yo estaba en la casa preparando la cena, esperándola como todas las noches. Cuando dieron las 8:30 y no llegaba, empecé a preocuparme. Le llamé al celular, pero no contestaba. Salí a la calle a buscarla, pero no la vi por ningún lado.

A las 9 de la noche, una vecina llegó corriendo a mi casa. Estaba pálida, temblando. Me dijo que había visto como una camioneta negra se detuvo junto a Lupita a tres cuadras de la casa, que dos hombres se bajaron, la agarraron de los brazos, le taparon la boca y la subieron a la fuerza mientras ella pataleaba y trataba de gritar, que todo pasó en menos de un minuto, que ella no pudo hacer nada, solo mirar desde su ventana paralizada de miedo.

Sentí que el mundo se me venía encima, que las piernas me fallaban, que no podía respirar, que algo se rompía dentro de mi pecho. Mi niña, mi Lupita, se la habían llevado. Corrí a buscar al contador. Sabía dónde vivía, en una casa en la colonia Providencia. Llegué como loca, golpeando la puerta, gritando que me ayudara.

El contador salió en pijama, confundido, preguntándome qué pasaba. Le conté todo entre lágrimas. Le supliqué que intercediera, que hablara con el chivo, que le dijera que me devolviera mi hija. Me arrodillé frente a él, le besé las manos, le ofrecí todo lo que tenía, mis ahorros, mi casa, mi vida. El contador me miró con lástima, una lástima genuina, de esas que duelen más que el desprecio.

“Doña Lupe”, me dijo con voz suave, “Usted sabe cómo son las cosas. El chivo es comandante, tiene poder. Yo no puedo meterme en sus asuntos personales, nadie puede. Le rogué más. Le dije que haría lo que fuera, que trabajaría gratis el resto de mi vida, que nunca pediría nada. Él solo negó con la cabeza.

Lo siento, doña Lupe. De verdad, lo siento, pero no hay nada que yo pueda hacer. Váyase a su casa y espere. Tal vez el chivo se aburra pronto y la regrese. Me fui de ahí arrastrándome, destruida. Regresé a mi casa y me quedé sentada en la sala toda la noche abrazando la foto de Lupita, rezando a todos los santos que conocía.

A las 3 de la mañana sonó mi celular. Era un número desconocido. Contesté con las manos temblando. Doña Lupe era la voz del chivo, tranquila, casi amable. No se preocupe, su hija está conmigo. La estoy tratando como reina. Como le prometí. Tiene su propio cuarto, su propia ropa, todo lo que necesita. Pronto ella va a entender que yo soy un buen hombre, que la voy a hacer feliz.

Le supliqué que me la devolviera. Le dije que haría lo que quisiera, que le daría lo que pidiera. El chivo se rió. Una risa suave, casi tierna. Doña Lupe, lo que yo quiero ya lo tengo. Solo le llamo para que esté tranquila, para que sepa que su hija está bien. Siga haciendo su trabajo como siempre y todo va a estar bien.

Pero si hace alguna tontería, si va la policía, si le cuenta a alguien, entonces las cosas se van a poner feas. ¿Me entiende? Le dije que sí, que entendía, que no haría nada. Muy bien, dijo el chivo. Que descanse doña Lupe y no se preocupe por Lupita. Está en buenas manos. Colgó. Tres días después me llegó un video al celular.

Era Lupita sentada en una cama grande con sábanas de seda en un cuarto que parecía de hotel de lujo. Tenía la cara hinchada de tanto llorar, los ojos rojos, el pelo revuelto, pero no tenía golpes visibles, no tenía marcas. Hablaba mirando a la cámara con voz temblorosa pero controlada. Decía que estaba bien, que el chivo la trataba bien, que tenía todo lo que necesitaba.

Decía que yo no me preocupara, que pronto iba a poder ir a visitarla, pero yo veía sus ojos. Detrás de las palabras ensayadas, detrás de la fachada de tranquilidad, veía terror puro. Veía a mi niña rogándome en silencio que la salvara y yo no podía hacer nada, absolutamente nada. Pasaron dos semanas, dos semanas de infierno absoluto, dossemanas sin dormir, sin comer, sin poder pensar en otra cosa que no fuera mi hija encerrada en algún lugar con ese monstruo.

Mis otros hijos querían ir a buscarla, querían enfrentar a a el chivo, querían hacer algo, pero yo les dije que no, que los matarían. Les conté la verdad sobre mi trabajo, sobre para quién trabajaba, sobre el poder que tenía esa gente. Aurelio Junior lloró de rabia. Fernando se quedó en silencio mirando la pared, pero al final entendieron que no había nada que pudiéramos hacer.

Y entonces, el 3 de octubre de 2014, recibí la llamada que terminó de destruir mi vida. era uno de los hombres del chivo. Me dijo que fuera a un rancho cerca de Tala, que ahí encontraría a mi hija. Me dio la dirección exacta y colgó sin decir más. Su voz era plana, sin emoción, como si estuviera dando indicaciones para llegar a una tienda.

Algo en esa voz me dijo que que algo estaba muy mal. Algo me dijo que no iba a encontrar a mi hija viva. Pedí prestado un carro a un vecino y manejé hacia Tala. El rancho estaba en medio de la nada. A unos 20 minutos del pueblo por un camino de terracería lleno de baches. Cuando llegué, vi la camioneta del chivo estacionada afuera de una casa de adobe.

Había varios de sus hombres fumando y platicando bajo un árbol como si estuvieran en un día de campo. Cuando me vieron llegar, uno de ellos señaló hacia el fondo del terreno, donde había un árbol grande, un mezquite viejo de tronco grueso y ramas retorcidas. Caminé hacia allá. Cada paso se sentía como caminar en arenas movedizas.

Cada paso me acercaba a algo que no quería ver, que no podía ver, que iba a destruirme para siempre. Y entonces la vi, mi lupita colgada de una rama con una soga gruesa al cuello, las manos atadas a la espalda con cinta gris, el cuerpo completamente desnudo, cubierto de moretones, cortadas, quemaduras de cigarro. Tenía marcas de mordidas en los hombros, en los pechos.

en los muslos. Tenía los ojos abiertos, mirando al cielo, vacíos de todo. Me caí de rodillas en la tierra. Grité hasta que se me desgarró la garganta. Vomité todo lo que tenía dentro. Golpeé el suelo con los puños hasta que me sangraron los nudillos. Uno de los hombres del chivo se acercó a mí sin prisa, se paró a mi lado, encendió un cigarro y me habló sin mirarme.

El comandante manda decir que la chamaca no quiso cooperar. que se puso muy difícil, que él trató de ser paciente, de tratarla bien, pero ella no entendía. Se la pasaba llorando, gritando, intentando escaparse. Hasta lo rasguñó en la cara una vez. Mire. Señaló hacia la casa, donde el chivo estaba saliendo por la puerta.

Tenía tres arañazos profundos en la mejilla izquierda, todavía frescos. Mi Lupita se había defendido. Mi niña había peleado hasta el final. El comandante dice que usted puede llevarse el cuerpo, continuó el hombre, que no la va a molestar más, que puede seguir trabajando como siempre, que todo olvidado. Me quedé ahí tirada en la tierra no sé cuánto tiempo.

Pudieron ser minutos, pudieron ser horas. Solo miraba el cuerpo de mi hija meciéndose suavemente con el viento, como una muñeca de trapo abandonada. Al final, uno de los hombres cortó la soga y bajó el cuerpo. Lo envolvieron en una sábana sucia y lo metieron en la cajuela de mi carro.

Me dieron unas palmadas en el hombro, me dijeron que lo sentían y se fueron a seguir fumando bajo el árbol. Manejé de regreso a Guadalajara con el cuerpo de mi hija en la cajuela. No recuerdo el camino, no recuerdo haber llegado. Solo recuerdo que cuando abrí la cajuela frente a mi casa, mis hijos salieron corriendo y vieron lo que quedaba de su hermana.

Enterramos a Lupita tres días después en el panteón de Mesquitán. No hubo investigación policial, no hubo justicia, no hubo nada, solo una tumba con una cruz blanca y el nombre de mi niña grabado en piedra. María Guadalupe Sánchez Herrera. 1995 hasta 2014. Amada hija, hermana y amiga, descansa en paz.

Tenía 19 años, toda una vida por delante, y se la arrebataron porque un monstruo la quiso y ella se negó. El chivo nunca pagó por lo que hizo. Siguió siendo comandante, siguió controlando su plaza, siguió matando y torturando como si nada hubiera pasado. Y yo tuve que seguir trabajando para ellos, seguir limpiando sus casas, cocinando para sus hombres, lavando su [ __ ] ropa manchada de sangre, porque si me iba, si huía, si hablaba, matarían a mis otros hijos, a mis nietos, a toda mi familia.

Así que me quedé. Seguí siendo doña Lupe, la limpiadora de confianza. Seguí sonriendo cuando ellos sonreían, agachando la cabeza cuando pasaban, agradeciéndoles las propinas que me daban. Pero por dentro algo murió conmigo ese día junto con mi Lupita y algo más nació en su lugar. Algo oscuro, frío, paciente, algo que no sentía miedo, que no sentía compasión, que no sentía nada, excepto una cosa, venganza.

Los meses que siguieron a la muerte de Lupita fueron los más oscuros de mivida. Por fuera seguía siendo la misma doña Lupe de siempre, puntual, eficiente, discreta, siempre con una sonrisa para los muchachos, siempre con los tamales listos a tiempo. Por dentro era un cadáver que caminaba, un fantasma que solo respiraba porque el corazón no sabía detenerse.

Bajé 15 kg en dos meses. No podía comer. Todo me sabía a tierra, a ceniza, a muerte. No podía dormir más de una o dos horas seguidas, porque cada vez que cerraba los ojos veía a mi Lupita colgando de ese árbol, meciéndose con el viento, mirándome con esos ojos vacíos. Me despertaba gritando su nombre, empapada en sudor, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensaba que me iba a reventar.

Mis hijos estaban destrozados. Aurelio Junior quería venganza. Hablaba de conseguir una pistola, de ir a buscar al chivo, de matarlo con sus propias manos. Yo tuve que calmarlo. Tuve que explicarle que si hacía eso nos matarían a todos. El CJNG no perdonaba, no olvidaba. Si tocabas a uno de los suyos, te borraban del mapa junto con toda tu familia.

hasta los primos lejanos, hasta los vecinos que te caían bien. Fernando se encerró en sí mismo. Dejó de hablar, dejó de comer, dejó de salir de su cuarto. Pasaba los días acostado mirando el techo, sin responder cuando le hablábamos. Un mes después de la muerte de Lupita, intentó ahorcarse en el baño con el cinturón de su pantalón. Lo encontré justo a tiempo.

Ya estaba morado, ya casi no respiraba. Lo llevamos al hospital, le salvaron la vida, pero algo en él se rompió para siempre. Hasta el día de hoy toma pastillas para la depresión y casi no sale de su casa. Yo cargaba con todo eso, con el dolor de haber perdido a mi hija, con la culpa de haberla puesto en peligro por mi trabajo, con la responsabilidad de mantener a mis otros hijos con vida y encima tenía que seguir yendo a trabajar, seguir limpiando las casas de los asesinos de mi niña, seguir cocinando para hombres que sabían lo que

el chivo había hecho y no habían movido un dedo para impedirlo. Hubo días en que pensé en matarme, en acabar con todo, en sufrir. tenía acceso a venenos, a cuchillos, a tantas formas de terminar con mi vida. Pero cada vez que pensaba en hacerlo, pensaba en Aurelio Junior y Fernando.

Pensaba en mis nietos que apenas estaban naciendo y me detenía. No podía abandonarlos. Ya habían perdido a su hermana, no podían perder también a su madre, pero sobre todo no podía morirme sin antes hacer pagar el chivo por lo que había hecho. La idea de la venganza llegó poco a poco, como una semilla que se planta en tierra fértil y va creciendo lentamente hasta convertirse en un árbol enorme que da sombra a todo lo demás.

Al principio era solo un pensamiento vago, un deseo imposible. Después se fue convirtiendo en una fantasía recurrente, en algo que imaginaba cada noche antes de dormir. Y finalmente se transformó en un plan concreto, detallado, meticuloso. Yo tenía algo que nadie más tenía, acceso. Llevaba casi 10 años entrando y saliendo de las casas de seguridad del CJNG.

Conocía las rutinas, los horarios, las debilidades del sistema. Sabía cuándo llegaban los cargamentos de droga, cuando había reuniones importantes, cuando los comandantes bajaban la guardia, sabía quién confiaba en quién, quién odiaba a quién, dónde estaban los puntos débiles y, sobre todo, yo preparaba su comida.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT