Escuché gritos que duraban horas, súplicas que me partían el alma, llantos que todavía escucho en mis pesadillas y después silencio. Un silencio terrible, pesado, que significaba que todo había terminado. Y después yo entraba con mi cubeta y mi cloro a limpiar lo que quedaba. Nunca pregunté quiénes eran esas personas. Nunca pregunté qué habían hecho, por qué estaban ahí, si tenían familia que los buscara.
Solo limpiaba, solo cerraba los ojos y rezaba un Padre Nuestro por sus almas mientras tallaba sus sangres del piso. Era lo único que podía hacer por ellos. Era lo único que me mantenía cuerda. En 2008, dos años después de empezar, me ascendieron. El contador me citó en la oficina que tenía en el segundo piso de la casa, me ofreció un café y me dijo que mis jefes estaban muy contentos con mi trabajo.
Dijo que era discreta, eficiente, confiable, que en dos años nunca había dado problemas, nunca había hecho preguntas, nunca había faltado un día. “Me iban a asignar a más casas”, me dijo. “Me iban a pagar más. Ahora ganaría 1,000 pesos diarios, más propinas, más regalos ocasionales. Pero también me advirtió que ahora iba a haber cosas más delicadas, conocer gente más importante, que el nivel de silencio que se esperaba de mí era absoluto.
Acepté, por supuesto, qué otra opción tenía. Para entonces ya había pagado la casa, ya había sacado a mis hijos adelante, ya me había acostumbrado al dinero. Volver a ganar 500 pesos a la semana limpiando casas normales ya no era una opción. Fue entonces cuando supe para quién trabajaba realmente. Una mañana de marzo llegué a una casa nueva en Zapopan, en una zona residencial todavía más exclusiva que Tlajomulco.
La casa era enorme, tres pisos, con una barda de 4 m de altura y cámaras por todos lados. Había más seguridad que nunca. Conté por lo menos 20 hombresarmados, algunos con uniformes que parecían militares. Cuando entré a la sala, había un hombre sentado en un sillón de cuero tomando café y leyendo el periódico.
Era de estatura media, moreno, con bigote bien recortado, ojos pequeños y fríos. Vestía ropa normal, jeans y camisa a cuadros como cualquier ranchero, pero había algo en su presencia, algo en la forma en que todos los demás lo miraban, que te decía que no era cualquier persona. Lo reconocí de las noticias. Era Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, el líder del cártel Jalisco Nueva Generación, el hombre más buscado de México.
No era como lo pintaban en la televisión, no era un monstruo con cuernos. No era un demonio sediento de sangre, era un hombre tranquilo, casi educado. Cuando me vio entrar con mis cosas de limpieza, me miró unos segundos con esos ojos fríos y luego le dijo a uno de sus hombres, “Que la señora desayune antes de empezar y que le den fruta para que lleve a su casa.” Eso fue todo.
No me amenazó, no me intimidó, no me habló directamente, solo me trató como lo que era la señora que limpiaba. Y eso en cierta forma era lo más aterrador de todo, que para él yo era completamente invisible, que podía ordenar la muerte de decenas de personas y al mismo tiempo preocuparse porque la señora de la limpieza desayunara bien.
Ese día desayuné huevos rancheros con frijoles, tortillas recién hechas, jugo de naranja natural. Me atendieron como si fuera una invitada de honor y cuando terminé de limpiar la casa me dieron una bolsa con mangos, papayas y plátanos para que llevara a mis hijos. Así era ese mundo, violencia y amabilidad, horror y cortesía, todo mezclado en una realidad que desafiaba toda lógica.
Desde ese día me convertí en parte del círculo cercano. No era importante, claro, era solo la limpiadora, pero estaba ahí. Veía entrar y salir a los comandantes, a los contadores, a los abogados. Escuchaba conversaciones sobre territorios, sobre rutas de droga, sobre competidores que había que eliminar. Conocía las caras de todos los que importaban en el CJNG.
Y ellos confiaban en mí porque llevaba años sin abrir la boca, porque nunca había dado problemas, porque era la doña Lupe que les hacía tamales de puerco y les dejaba las casas impecables. Para ellos, yo era parte del mobiliario, tan inofensiva como la mesa del comedor o el sillón de la sala. Con el dinero que ganaba pude pagar la casa completamente, pude mantener a mis hijos, pude darle educación a mi Lupita.
Cuando ella me dijo que quería estudiar enfermería, lloré de orgullo. Mi niña iba a ser profesionista. Mi niña iba a tener una vida diferente a la mía, una vida limpia, una vida honrada. Nunca le dije para quién trabajaba, nunca le conté lo que hacía realmente. Ella pensaba que yo limpiaba casas de empresarios ricos, gente de la televisión, políticos y en cierta forma así era, solo que estos empresarios traficaban drogas y mataban gente.
Los años pasaron. 2009, 2010, 2011, 2012. El CJNG crecía, se volvía más poderoso, más violento. Empezaron las guerras con otros cárteles, los enfrentamientos con el gobierno, las masacres que salían en las noticias y yo seguía limpiando sus casas, lavando su ropa manchada, cocinando para sus icarios. Me acostumbré al horror.
Me volví insensible. Cuando veía sangre en un piso, ya no sentía nada. Era solo trabajo, era solo lo que tenía que hacer para sobrevivir, para darle un futuro a mis hijos. Llegué a limpiar hasta 15 casas de seguridad diferentes a lo largo de esos años. Casas en Tlajomulco, Zapopan, Tlaquepaque, El Salto, Chapala, incluso algunas en Michoacán.
Conocía cada escondite, cada ruta, cada protocolo de seguridad. sabía dónde guardaban las armas, dónde escondían el dinero, dónde tenían los cuartos de interrogatorio, dónde enterraban a los muertos. Esa información valía millones. Cualquier autoridad, cualquier cártel rival habría pagado fortunas por saber lo que yo sabía, pero nunca hablé, nunca traicioné.
Porque tenía miedo, sí, pero también porque de alguna forma retorcida me sentía parte de algo. Me sentía protegida, me sentía importante. Qué estúpida fui, qué ciega estuve todos esos años. Porque mientras yo les era leal, mientras yo les lavaba la sangre de sus crímenes, ellos ya tenían los ojos puestos en lo único que me importaba en el mundo. Mi hija.
Mi Lupita creció hermosa, alta, morena, clara, con los ojos grandes de su padre y una sonrisa que iluminaba cualquier cuarto. Tenía el pelo largo hasta la cintura, negro como ala de cuervo, que se peinaba en una trenza gruesa todos los días. Era delgada, pero fuerte, de esas mujeres que parecen frágiles, pero tienen un carácter de acero por dentro.
Era buena estudiante, responsable, respetuosa, nunca me dio problemas. Mientras sus amigas andaban de noviecitas y fiestas, mientras escapaban de la escuela para ir a los antros del centro, Lupita se quedaba en casaestudiando, ayudándome con los queaceres, yendo a la iglesia conmigo los domingos.
era la hija que toda madre sueña tener. Desde chiquita supo que quería ser enfermera. Me decía que quería ayudar a la gente, cuidar a los enfermos, aliviar el dolor de los que sufrían. Yo la veía jugar con sus muñecas, poniéndoles vendas, dándoles medicinas imaginarias y me llenaba de orgullo. Mi niña iba a ser alguien. Mi niña iba a romper el ciclo de pobreza que había marcado a nuestra familia por generaciones.
En 2013, cuando cumplió 18 años, entró a la escuela de enfermería en la Universidad de Guadalajara. Pasó el examen de admisión con una de las calificaciones más altas de su generación. Cuando me dio la noticia, me solté llorando como Magdalena en medio de la cocina. Mi hija, la hija de una mujer que apenas había terminado la primaria, iba a ser profesionista.
Le hice una fiesta en la casa para celebrar. Invité a toda la familia, a los vecinos, a sus amigas de la secundaria. Maté un puerco. Contraté un mariachi de tres músicos. Compré una tarta de tres pisos con su nombre escrito en betún rosa. Fue el día más feliz de mi vida. verla ahí rodeada de gente que la quería con ese vestido blanco que le había comprado especial para la ocasión, sonriendo como solo ella sabía sonreír.
Si hubiera sabido lo que venía, habría detenido el tiempo en ese momento. La habría abrazado y nunca la habría soltado. Lupita no sabía nada de mi trabajo real. Para ella, yo era una señora de limpieza que trabajaba para familias adineradas. Nunca le mentí directamente, solo omití a las partes feas.
Cuando me preguntaba por qué siempre me recogían en camionetas polarizadas, le decía que los patrones eran muy privados, que les gustaba mantener un perfil bajo. Cuando me preguntaba por qué a veces llegaba tan tarde, le decía que las casas eran muy grandes y que había mucho trabajo. Ella me creía porque me quería creer, porque no podía imaginar que su madre, la mujer que la llevaba a misa y le rezaba el rosario antes de dormir, trabajara para asesinos.
Pero en este mundo los secretos no duran para siempre y los monstruos siempre terminan encontrando a los inocentes. El problema empezó en marzo de 2014. Uno de los comandantes del CJNG, un tipo al que todos llamaban el chivo, llegó a la casa de Tlajomulco mientras yo estaba limpiando la cocina. El chivo era un hombre de unos 35 años, alto, fornido, con cara de pocos amigos y una cicatriz que le cruzaba el cuello de lado a lado.
Dicen que se la hizo un rival que intentó degollarlo, pero falló. Dicen que el chivo lo encontró después y lo mantuvo vivo tres días mientras lo despellejaba pedazo a pedazo. Era uno de los comandantes de plaza más violentos del CJNG. controlaba la zona de Uruapan en Michoacán, donde se producía la mayor parte del aguacate del país.
Extorsionaba a los productores, cobraba cuotas a los transportistas, mataba a cualquiera que se negara a pagar. Dicen que había ejecutado a más de 50 personas con sus propias manos. Dicen que le gustaba torturar, que disfrutaba el sufrimiento ajeno, que a veces grababa videos de sus víctimas suplicando y los veía después para entretenerse.
Era el tipo de hombre que todos en la organización temían. Incluso los otros comandantes le tenían miedo. Cuando el chivo llegaba a una casa, el ambiente cambiaba. Los icarios bajaban la mirada, hablaban en voz baja, trataban de no llamar su atención. Ese día de marzo, el chivo se sentó en la cocina mientras yo preparaba unos chilaquiles para los muchachos.
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