Cuando encontré a mi hija Lupita colgando de ese árbol en el rancho de los cuates, con las manos atadas y señales de tortura en todo su cuerpo, supe que mi vida como la conocía había terminado para siempre. Tenía 19 años. Era estudiante de enfermería y la mataron porque uno de los comandantes del Mencho quiso usarla y ella se negó.
Yo llevaba 12 años limpiando las casas de seguridad del cártel Jalisco Nueva Generación. 12 años. lavando sangre de pisos, recogiendo casquillos, desinfectando cuartos donde torturaban gente, preparando comida para sicarios, lavando la ropa de hombres que volvían de jornadas de muerte. Yo sabía todo, conocía cada casa, cada rutina, cada debilidad del sistema y nunca dije nada porque me pagaban bien, porque tenía miedo, porque pensaba que mientras yo no me metiera con ellos, ellos no se meterían conmigo. Qué equivocada estaba.
Lo que voy a confesar hoy me puede costar la vida. Probablemente ya la tengo perdida, pero necesito que el mundo sepa lo que hice, por qué lo hice y como una mujer de 54 años, madre de tres hijos, abuela de dos nietos, cristiana que iba a misa todos los domingos, se convirtió en la asesina de 19 hombres del cártel más poderoso de México.
Mi nombre es Guadalupe Herrera Mendoza, me decían doña Lupe y esta es mi confesión. Nací en un pueblito que se llama El Limón, municipio de Autlán, Jalisco, en 1970. Mi padre era jornalero en los campos de caña y mi madre lavaba ropa ajena para completar el gasto. Éramos siete hermanos y yo era la cuarta. Desde los 8 años ya ayudaba a mi mamá a lavar, a planchar, a limpiar casas de los patrones ricos del pueblo.
Nunca fui a la escuela más allá del tercer año de primaria porque no había dinero y porque las niñas de mi época no estudiaban, trabajaban. Mi infancia fue dura, pero no triste. Teníamos amor en la casa, teníamos fe, teníamos la esperanza de que algún día las cosas mejorarían. Mi mamá siempre me decía que el trabajo honrado era la única forma de salir adelante, que Dios premiaba a los que se esforzaban.
Yo le creía, le creí durante muchos años. Recuerdo que los domingos íbamos todos a misa en la parroquia de El Limón. Mi mamá nos ponía nuestros mejores vestidos, nos peinaba con trenzas apretadas y nos llevaba de la mano por el camino de tierra hasta la iglesia. El padre juventino nos daba la comunión y yo sentía que Dios estaba cerca, que nos protegía, que todo iba a estar bien.
Me casé a los 16 años con Aurelio Sánchez, un hombre 12 años mayor que yo, que trabajaba como chóer de camiones de carga. Lo conocí en una feria del pueblo, me invitó un elote con chile y limón. Me hizo reír con sus chistes tontos. Tres meses después le pidió mi mano a mi papá y nos casamos en la misma parroquia donde me bautizaron.
Era buen hombre, Aurelio, trabajador, responsable, no tomaba mucho. Nunca me levantó la mano, nunca me faltó al respeto. Me dio tres hijos, Aurelio Junior, que nació en 1987, Fernando en 1990 y mi niña, mi Lupita, en 1995. Lupita fue mi última hija, la que llegó cuando yo ya creía que no iba a poder tener más.
Había perdido dos embarazos antes de ella y los doctores me dijeron que probablemente ya no podría concebir, pero le recé a la Virgen de Talpa, le hice una manda, caminé descalza hasta su santuario y 9 meses después nació mi Lupita. Fue mi milagro. Vivíamos en Guadalajara, en la colonia Oblatos, en una casita humilde pero digna, dos cuartos, una cocina pequeña, un patio donde tendía la ropa.
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