Ese futuro ahora estaba sentado frente a ella, envuelto en mantas desgastadas.
Cuando llegaron a la mansión, la gran reja negra se abrió lentamente.
Isabel miraba todo con asombro.
—Yo… no pertenezco aquí.
—Ahora mismo lo único que importa es que esos niños estén bien —respondió Valeria.
Dentro de la casa, el personal se quedó sorprendido al ver a la mujer y a los bebés.
Valeria no dio explicaciones.
—Preparen la habitación azul —ordenó—. Y llamen a un pediatra de inmediato.
Mientras una de las empleadas llevaba agua y mantas limpias, Valeria se acercó a Isabel.
—Quiero la verdad. Toda.
Isabel respiró hondo.
Contó cómo conoció a Alejandro en un evento empresarial. Cómo él le dijo que su matrimonio era solo una “apariencia”. Cómo prometió divorciarse.
—Cuando quedé embarazada, él dijo que lo arreglaría todo… pero luego empezó a alejarse.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Y después… murió. Nadie me creyó cuando dije que eran sus hijos. Su familia me cerró las puertas. No tenía dinero. No tenía nada.
Valeria escuchó en silencio.
Cada palabra era un puñal.
Pero también una pieza que encajaba.
Alejandro había dejado todo a nombre de Valeria.
Nada para nadie más.
Ni siquiera una mención.
Eso ya no parecía amor.
Parecía culpa.
Valeria caminó hacia la ventana.
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