La misma forma de cejas.
La misma línea delicada en la nariz.
No era una coincidencia.
Era sangre.
Valeria cerró los ojos por un segundo. Cuando los abrió, su expresión era distinta. No había lágrimas. Solo decisión.
—Sube al auto.
Isabel parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—No voy a dejar a dos bebés bajo este sol —respondió Valeria con voz firme—. Y tú tampoco te quedarás aquí.
Jorge abrió la puerta trasera sin decir palabra.
Isabel dudó unos segundos, pero el llanto débil de uno de los bebés la hizo asentir.
Subieron.
El interior del Mercedes, frío y perfumado, contrastaba brutalmente con el polvo de la calle.
Valeria observó cómo Isabel intentaba acomodarse, incómoda, avergonzada.
—Llévanos a la casa —ordenó.
El trayecto fue silencioso.
Valeria miraba por la ventana, pero su mente viajaba al pasado.
Recordaba las noches en que Alejandro decía que tenía reuniones de negocios.
Los viajes inesperados.
Las llamadas que cortaba cuando ella entraba.
Las discusiones sin explicación.
Las promesas de que “todo era por el futuro”.
El futuro.
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