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La Multimillonaria Que Salvó a una Mendiga con Sus Dos Bebés — Sin Saber Que Era la Amante de Su Marido y que los Niños Eran Sus Hijos Abandonados

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Uno de los bebés abrió los ojos y la miró. Eran de un tono ámbar claro, inusual y brillante — exactamente iguales a los de Alejandro.

Valeria se quedó paralizada.

—No puede ser… —pensó.

Tal vez era coincidencia. Tal vez estaba demasiado sensible después de haber cargado al bebé de Camila.

Pero entonces el otro niño también abrió los ojos. El mismo tono ámbar. La misma intensidad.

Su corazón se detuvo por un instante.

—Detén el auto —ordenó de repente.

—¿Señora?

—Detente ahora mismo.

Jorge estacionó al borde de la calle. Valeria abrió la puerta y bajó sin importarle el sol ardiente ni las miradas curiosas.

Jorge corrió detrás de ella con una sombrilla, pero Valeria ya caminaba decidida hacia la mujer.

Cuando estuvo frente a ella, la mujer levantó la mirada. Su rostro estaba demacrado, los ojos rojos de tanto llorar, llenos de miedo.

—¿Quién eres? —preguntó Valeria, con voz firme pero ligeramente temblorosa.

Miró nuevamente a los bebés y luego fijó los ojos en la mujer.

Ella tragó saliva.

—Yo… yo soy Isabel.

Isabel bajó la mirada, como si el peso del mundo entero descansara sobre sus hombros.

—No quería que esto pasara así… —murmuró, con la voz quebrada.

Valeria la observó con frialdad, pero por dentro sentía un torbellino imposible de describir.

—¿Así cómo? —preguntó con firmeza.

Isabel abrazó más fuerte a los bebés, como si temiera que se los arrebataran.

—Alejandro… él prometió que nos cuidaría. Prometió que cuando resolviera “sus asuntos”, vendría por nosotros.

El nombre cayó como un trueno en medio del tráfico.

Valeria sintió que el aire le faltaba.

—¿Qué acabas de decir?

Isabel levantó los ojos, llenos de lágrimas.

—Alejandro Montenegro es el padre de mis hijos.

El mundo pareció quedarse en silencio. El ruido de los autos, los cláxones, las voces… todo se volvió lejano.

Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Durante años, había creído que conocía a su esposo. Su compañero, su socio, su todo.

Y ahora, frente a ella, estaba la prueba viviente de una traición que jamás imaginó.

Miró a los bebés otra vez.

Los mismos ojos.

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