No sabía exactamente hacia dónde iba. Solo sabía que no podía regresar.
Un trueno sacudió el cielo justo cuando un destello de faros iluminó la oscuridad. Un automóvil negro apareció a lo lejos, avanzando con lentitud por la carretera mojada. Isabella se hizo a un lado por instinto, abrazando su bolsa contra el pecho.
El auto redujo la velocidad.
Por un instante, pensó en echar a correr. En México, una mujer sola en la carretera de noche no siempre tuvo suerte. Pero estaba agotada. Exhausta. Y la lluvia seguía cayendo con fuerza.
El vehículo se detuvo a pocos metros de ella. Era un coche elegante, de esos que rara vez se veían en un pueblo pequeño de Oaxaca. La ventana del lado del conductor descendió lentamente.
—¿Señorita? —preguntó una voz masculina, profunda pero serena—. ¿Está bien?
Isabella no respondió de inmediato. Solo aumentando con rigidez.
El hombre abrió la puerta y salió bajo la lluvia. Era alto, de porte seguro, vestido con un traje oscuro que ahora comenzaba a mojarse. Su cabello negro estaba peinado con precisión, aunque algunas gotas ya lo despeinaban ligeramente. Sus facciones eran firmes, pero su mirada… su mirada no tenía dureza.
—No parece estar bien —dijo con suavidad—. La carretera es peligrosa a esta hora.
Isabella bajó la vista.
—Estoy bien. Solo... voy caminando.
Él observará la pequeña bolsa, el vestido empapado, los pies cubiertos de barro. No necesitaba hacer más preguntas para entender que algo no estaba bien.
—Mi nombre es Alejandro Herrera —se presentó—. Venía de supervisar unas obras cerca de aquí. No puedo dejarla sola bajo esta tormenta.
Isabella levantó la mirada al escuchar el nombre. Herrera. Incluso en Oaxaca, ese apellido era conocido. Empresarios. Hoteles. Construcción. Inversiones en Ciudad de México y Monterrey.
—No quiero causar problemas —murmuró ella.
Alejandro nego con la cabeza.
—No hay ningún problema. Permítame llevarla a un lugar seguro. Hay un hotel en la ciudad. Puede quedarse esta noche. Mañana veremos qué hacer.
La palabra “seguro” resonó en su interior. No había sentido esa palabra en años.
Dudó.
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