—¿Qué dice, tía?
—Tienes veintidós años. ¿Piensas quedarte toda la vida?
Su tío se movió ligeramente, pero no dijo nada.
—Yo… yo ayudo en la casa… —balbuceó ella.
—¿Ayudas? —se burló su tía—. Tú solo vienes.
El aire se volvió pesado. Un trueno retumbó afuera.
Su tía fue a la habitación y regresó con una vieja bolsa de viaje.
—Empaca tus cosas. Vete.
El corazón de Isabella parecía caer al vacío.
—¿A dónde voy a ir?
—Eres adulta. Arréglatelas sola.
Su tío murmuró:
—Tal vez pueda quedarse hasta mañana. Está lloviendo fuerte.
—Si se queda esta noche, se quedará para siempre —respondió su tía con frialdad.
Esta vez, Isabella no lloró. No suplicó. Solo ascendiendo.
Entró en la pequeña habitación del fondo —que antes era un almacén— y abrió su viejo baúl metálico. Dos vestidos. Un par de sandalias. Un cuaderno con sueños a medio escribir. Y el rebozo de su madre.
Lo llevó a su rostro y susurró:
—Perdón, mamá.
Cuando volvió a la sala, la bolsa ya estaba lista. Su tía abrió la puerta. El viento frío irrumpió en la casa. La lluvia salpicó el suelo.
Isabella se quedó un segundo. No esperando que alguien la detuviera, sino aceptando que no volvería.
Luego dio el paso hacia la tormenta.
La puerta se cerró detrás de ella con firmeza.
En segundos, su cabello quedó empapado. El vestido se pegó a su piel. El agua llenó sus sandalias mientras caminaba por el camino de tierra roja del pequeño pueblo de Oaxaca.
Al principio no lloró. El shock adormece el corazón.
Las farolas amarillentas iluminaban débilmente la calle vacía. Las casas de adobe estaban cerradas. Nadie abriría la puerta a una joven empapada en plena noche de lluvia.
Siguió caminando.
Veinte minutos después, al pasar por el camino que conducía a la carretera rumbo a la Ciudad de México… las lágrimas comenzaron a caer.
Las lágrimas comenzaron a caer silenciosas, mezclándose con la lluvia que empapaba su rostro. Isabella apenas distinguía el camino frente a ella. El viento soplaba con fuerza, levantando pequeñas corrientes de agua que corrían por la orilla de la carretera. Sus sandalias resbalaban en el barro, y cada paso se sentía más pesado que el anterior.
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