La Huérfana Pobre Que Fue Expulsada de Casa Bajo la Lluvia, Pero Conoció a un Apuesto Multimillonario Que Cambió Su Vida Para Siempre
La lluvia comenzó antes de que el sol se ocultara detrás de las montañas que rodeaban el pequeño pueblo en el estado de Oaxaca. Nubes grises y pesadas cubrieron el cielo como un presagio que nadie quería escuchar. El aire se volvió denso y húmedo, impregnado con ese olor a tierra mojada que anuncia la tormenta.
Isabella estaba en el patio trasero de la vieja casa con techo de lámina, apresurándose a recoger la ropa del tendedero mientras el viento azotaba su vestido floreado y gastado contra su cuerpo. Un relámpago cruzó el cielo. Las primeras gotas golpearon la tierra roja como pequeñas piedras.
Desde el interior, la voz aguda de su tía atravesó la vieja puerta de madera.
-¡Isabela! ¿Dónde está mi té?
—Ya voy, tía —respondió Isabella, abrazando la palangana de plástico contra el pecho.
Ella siempre “ya iba”. Siempre respondía. Siempre se hacía pequeña para caber en una casa que nunca la parecía realmente familiar.
A sus veintidós años, había vivido allí durante seis años, desde aquella noche del accidente en la carretera que conecta Oaxaca con la Ciudad de México. Esa noche, las luces cegadoras de los autos y el estruendo del metal al chocar le arrebataron a sus padres para siempre.
Los recuerdos todavía regresan en fragmentos: el olor a desinfectante del hospital público, las luces frías del techo, el rostro del médico inclinándose hacia ella pero impidiendo su mirada. Tenía solo dieciséis años y apretaba con fuerza el rebozo de su madre, esperando que alguien dijera que había sido un error.
Nadie lo dijo.
Su tío le puso la mano en el hombro y habló con voz grave:
—Te quedarás con nosotros.
Isabella creyó que era un acto de bondad. No entendía que a veces la ayuda puede parecer un techo… y aún así sentirse como una jaula.
La lluvia cayó con furia cuando entró en la cocina. El agua golpeaba el techo de lámina con estruendo. Su tía estaba sentada en la mesa de madera, deslizando el dedo por el teléfono con gesto molesto.
—El té está frío —reclamó.
—Lo acabo de hacer… —dijo Isabella en voz baja mientras volvía a calentarlo.
—¿Me estás contestando?
—No, tía.
En esa casa, todo requería cuidado. Si era lenta, era floja. Si era rápida, era descuidada. Si callaba, era sospechosa. Si hablaba, era irrespetuosa. No existía una versión correcta de ella, sólo una lista interminable de errores.
Su tío estaba sentado en una esquina, detrás de un periódico en español, leyendo noticias de la Ciudad de México. Rara vez intervenía. Su silencio se había vuelto costumbre.
Cuando Isabella dejó la taza sobre la mesa, su tía dio un sorbo y susspiró con exageración.
—La luz está más cara. La comida en el mercado también. Y tú vienes como si aportaras algo importante.
Isabella bajó la mirada. Trabajaba medio tiempo en un pequeño taller de costura cerca de la plaza central del pueblo, arreglando ropa para turistas y vecinos. La mayor parte de su salario iba a “los gastos de la casa”. Solo se quedaban con unos cuantos pesos para lo indispensable.
—Buscaré otro trabajo —susurró.
Su tía soltó una risa perspectiva.
—¿Con qué estudios? Ni siquiera terminaste bien la preparatoria.
Dolia porque era verdad. Terminar la secundaria ya había sido un milagro después de la muerte de sus padres. La universidad en la Ciudad de México era un sueño imposible.
La lluvia se intensificó, cubriendo el patio de blanco.
—Ya estás muy grande para seguir aquí —dijo su tía con frialdad.
Isabella se quedó inmóvil.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.