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Encontré a una niñita abandonada en una manta en lo profundo del bosque, pero cuando descubrí quiénes eran sus padres, me quedé sin aliento.

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Un mes después, Maëlys vuelve a llamar a la puerta de Maxime, con Mila en brazos, regordeta pero sana, abrigada con un pequeño jersey color crema. Simplemente viene a darle las gracias. Le entrega una nota de agradecimiento, un juego de llaves para un coche nuevo y, sobre todo, esta frase que lo conmueve profundamente: «Salvaste a mi hija y me diste la oportunidad de ser su madre».

En esta sala donde ahora juegan Leo y Mila, Maxime se da cuenta de que, incluso en medio del dolor, la vida siempre encuentra una forma discreta de devolver la luz.

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