La tarjeta de regalo de $50 no fue solo un regalo olvidado: fue una ventana a la vida oculta de una mujer que dio en silencio, incansablemente, y sin esperar nada a cambio. Al elegir el camino de la humildad, amasó una riqueza que superaba con creces el dinero.
Su último mensaje –“Mantén a alguien abrigado”– se convirtió en mi misión.
Ahora, con cada gesto silencioso de generosidad, siento que su legado vive en mí. No era tacaña. Era poderosa. Era desinteresada.
Y ahora es mi turno de continuar su revolución silenciosa de bondad.
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