Cuando murió mi abuela, pensé que solo me había dejado una modesta tarjeta de regalo de 50 dólares: no era la herencia que uno podría soñar, pero encajaba a la perfección con la imagen de esta mujer conocida por su extrema frugalidad. No sabía que esa notita revelaría una vida secreta que nos había ocultado a todos.
Siempre he considerado a mi abuela la mujer más tacaña del mundo. Después de su funeral, encontré la tarjeta de regalo entre sus cosas. Al principio, casi consideré regalarla, considerándola insignificante. Pero una tarde tranquila, la curiosidad me venció y se la entregué a una cajera.
Fue entonces cuando todo cambió. A la cajera le temblaron las manos al recibir la tarjeta. Sus ojos se abrieron de par en par y su rostro palideció de repente. «Esto no puede haber pasado», susurró. «¿De dónde la sacaste?».
—Pertenecía a mi abuela —respondí con voz temblorosa.
Sin previo aviso, gritó: "¡Paren todo! ¡Esperen!". La tienda quedó en silencio. Los clientes se detuvieron en medio del pasillo, con la mirada fija en mí. Mi corazón latía con fuerza mientras llamaban al gerente.
En una pequeña oficina, lejos de la multitud, se inclinó hacia mí y dijo suavemente: "Esta no es una tarjeta de regalo cualquiera. Tiene una historia muy especial".
Desconcertada, la escuché mientras revelaba una faceta de mi abuela que todos ignorábamos. Aunque la familia la veía como una mujer ahorrativa, en realidad era un ángel disfrazado: compraba tarjetas de regalo con sus ahorros y las donaba anónimamente a quienes las necesitaban.
Su frugalidad era solo una fachada. Tras ella se escondía una discreta misión de bondad y generosidad. Descubrí que este billete era el último que había comprado. Sorprendentemente, no se había usado, ni una sola vez en más de diez años. Era como si me hubiera estado esperando.
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