Recordaba cómo me negaron la puerta de la casa de mi abuela durante años.
Recordaba cómo Sebastián y Renata tomaron fotos con ella solo para subirlas a redes.
Recordaba la última Navidad, cuando mi abuela pidió por mí… y mi madre dijo que yo “no valía la pena”.
—Usted afirma—preguntó el abogado—que su hijo manipuló a su madre?
—Lo afirmo—dijo ella, y secó una lágrima que no cayó.
Mariana se levantó despacio.
—Con permiso, Su Señoría. Contra interrogatorio.
El juez asiente.
Mariana se acercó al estrado con la calma de quien no necesita levantar la voz para que el mundo se calle.
—Señora Guzmán—dijo—, ¿es cierto que usted tenía una orden de restricción temporal para no acercarse a su madre en 2023?
El pañuelo de Renata se congeló a mitad de camino.
Sebastián frunció apenas el ceño.
Mi madre parpadeó, sorprendida.
—Eso… eso fue un malentendido.
Mariana abrió una carpeta y mostró una copia.
—No es un malentendido cuando está firmado por un juez. Aquí consta que su madre le pidió protección por “amenazas y presión económica”. ¿Lo niega?
Mi madre tragó saliva.
—Mi madre… estaba confundida.
—Confundida también cuando denunció que usted le quitó sus tarjetas bancarias?—Mariana no le dio tiempo—. ¿Confundida cuando declaró ante el notario que temía que usted falsificara su firma?
Se oyó un murmullo en la sala.
El juez, otra vez, se llevó la mano al micrófono como si necesitara sostenerse.
Mi padre apretó los labios. Renata dejó de “llorar”. Sebastián dejó de sonreír.
Mi madre, por primera vez, miró a Mariana con algo parecido al miedo.
—Yo… yo solo quería protegerla—dijo.
—Entonces hablemos de protección—contestó Mariana—. ¿Puede explicarle al tribunal por qué usted nunca notificó a Diego sobre la hospitalización de su madre hace ocho meses?
Mi madre abrió la boca.
No salió nada.
—¿Porque no lo consideraba familia?—insistió Mariana—. ¿O porque temía que él apareciera con lo que usted ocultó durante veintiocho años?
La sala se volvió hielo.
Mi madre miró al juez. Luego me miró a mí.
Y yo vi, en sus ojos, el instante exacto en que entendió que el juego había cambiado.
El juez golpea suavemente con el mazo.
—Señora abogada—dijo con voz baja—. Si va a afirmar algo así, este tribunal requiere fundamento.
Mariana asiente.
—Lo tenemos, Su Señoría. Solicito permiso para llamar a nuestro primer testigo: el notario público Licenciado Arturo Salazar , y para incorporar como prueba el sobre lacrado con el testamento original, junto con el anexo de identidad que la difunta dejó por instrucción expresa.
El abogado contrario se puso tenso.
—Objeción. “Anexo de identidad” no figura en—
—Sí figura—interrumpió el juez, y esta vez su voz tembló menos—. Está mencionado en el índice del expediente.
El abogado se calló.
El notario entró.
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