Durante más de quince años, Rosa y yo dormimos en la misma cama, bajo el mismo techo, respirando el mismo aire…
pero nunca nos tocamos.
No hubo peleas a gritos.
Ni traiciones públicas.
Ni escenas dramáticas.
Sólo un espacio invisible entre nuestros cuerpos, tan frío como el mármol del cementerio donde enterramos nuestros sueños.
Vivíamos en una casa modesta en Querétaro, de esas donde el silencio se vuelve rutina. Por la noche, Rosa se acostaba del lado izquierdo, siempre de espaldas a mí. Yo apagaba la luz, miraba al techo y contaba los segundos hasta que finalmente llegaba el sueño. Nunca cruzamos esa línea tácita que dividía la cama en dos mundos separados.
Al principio pensé que era agotamiento.
Luego, hábito.
Luego, resignación.
Los vecinos decían que éramos una pareja pacífica.
«Nunca se pelean», comentaban. «Se nota que se respetan».
Nadie sabía que nuestro “respeto” era un muro.
Rosa no era una mujer fría. Cocinaba con esmero, planchaba mis camisas, me preguntaba qué tal me había ido el día en el trabajo. Le respondía con la misma amabilidad. Funcionábamos como un reloj antiguo: sin defectos visibles, pero sin alma.
La primera noche que dejó de tocarme fue después del funeral de nuestro hijo Mateo.
Mateo tenía nueve años.
Una fiebre mal tratada.
Un hospital abarrotado.
Una decisión por la que nunca dejaré de culparme.
Esa noche, Rosa se metió en la cama sin decir palabra. Intenté abrazarla. Se puso rígida. Me quitó la mano con suavidad, pero con firmeza.
—No —susurró—. Ahora no.
Ese “no” quedó en el aire… y nunca se fue.
Los días se convirtieron en semanas. Las semanas en años.
Dormimos juntos, pero cada uno estaba solo.
A veces, de madrugada, la oía llorar suavemente. Fingía estar dormida, no porque no me importara, sino porque no sabía cómo alcanzarla sin hacerle más daño.
Pensé en irme. Muchas veces.
Pero algo me retenía. Culpa. Amor. Miedo.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.